Toma chocolate, paga lo que debes [Artheon]

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Toma chocolate, paga lo que debes [Artheon]

Mensaje por Dirce el Miér Nov 19, 2014 8:10 am


Rabanasta era un magnífico oasis amurallado, perdido en el más vasto y árido desierto, en centro del Continente Sur. Su cristalina agua corría por todo el subsuelo de la ciudad, dando reparo al duro calor para todos sus habitantes, fueran estos ricos o pordioseros.  El metro cuadrado por persona no era mucho, pero si tenías suficientes recursos, bien podías sacar gran provecho de las napas subterráneas.

Recursos y espacios eran algo de lo que el Clan Centurio se jactaba con disimulada modestia. Tal es así, que algunos de sus miembros disponían de ciertas libertades que otros en esa ciudad no podrían ni soñar. La misma gría que crió a las mellizas abandonadas tenía su pequeño espacio privado dentro de la sede.

- ¿Y desde cuándo te preocupa lo que le pase a un desconocido que cruzó el charco sólo para estafar? ¿O es que te da miedito? – La gría  acomodaba los plantines de geranios cuidadosamente sobre el pozo en la tierra recién hecho. Dirce le miraba la espalda, de pie tras ella, con los brazos cruzados, mientras Vryll jugaba a romper los terrones resecos desperdigados en el gran cantero.

- No me importa enfrentarme otro guerrero si así debiera suceder. Pero me niego a que por ser tú una avara, te dediques a arruinar la vida ajena y nos uses de instrumento para eso – Desvió su mirada para notar que Vryll estaba por echar un tarasco a un terrón, lo que hizo que la cadena tironease del cuello de la encapuchada. Un graznido débil fue cuanto emitió y tiró el pedazo de tierra, quedando paralizada en esa escena. Poco le duraría el efecto.

Nimhuee frotó sus manos, dándose palmadas para quitar la tierra se irguió, como siempre, ayudada de sus alas. Tomó su delantal y limpió las manos de Vryll con él, para luego acomodarle la máscara. Acarició las largas orejas de la chica, lo que provocó un fuerte cosquilleo en la melliza de pálida tez - Eso es ser dura con quién cuidó de vosotras… y aun lo hago – Remató lanzando el delantal terroso a Dirce - En mi escritorio están los datos que necesitas para el trabajo. Está en la carpeta verde oliva…

- ¡Que no pienso hacerlo!- Interrumpió la dragontina, lanzando el delantala al suelo y dándose media vuelta con miras de dirigirse a su cuarto. La cadena de Vryll se tensó, puesto que su hermana permanecía al lado de la gría, quien le ofrecía unas berries que crecían al borde del cantero. La mirada de reojo de Dirce, hizo que las orejas de su hermana tintinearan y como un resorte saltó en su lugar, alcanzando a la dragontina en el acto.

- ¡Hoy a las seis de la tarde, en la plaza sur! ¡Si te encargas serán tres escorias menos! (*) – Alcanzó a comunicarle Nimhuee, elevando la voz, aunque sin gritar.

Caminaron la galería que comunicaba los jardines con las dependencias administrativas y salas  de reunión, para atravesar el ala completa en dirección a los dormitorios. Dirce pensaba que la oferta de la gría era suculenta, pero precisamente por lo elevada, estaba segura que algo más peligroso se ocultaba en el trabajo que le ofreció.

Antes de alcanzar las dependencias, pasaron por el hall de recepción, que comunica directo con la entrada principal de la sede. Un Bangaa y un elezen comentaban charlaban despreocupadamente. El reptiloide, sobretodo, hablaba sin cuidar mucho el tono de su voz, de modo que no le daba importancia a lo que decía

- […] No sé qué lo trajo hasta aquí, me dijo que era un sujeto del Continente Oeste. Pero que le debe más a Roems de lo que es aconsejable- Se rascaba enérgicamente la oreja derecha con sus garra, haciéndola ondear en el aire.

- Pues yo no veo aconsejable tampoco que escuches al idiota ese, se cree muy pro por ser el representante en Ravanasta de un usurero como él… por favor, si para ese tío dos guiles en su libreta ya es deuda morosa – Replicó el elezen, con cierto desprecio refinado. Claramente hablaban de Roems el prestamista de Palamecia, una rata de los barrios más bajos que acabó siendo toda una “figura internacional del comercio” por sus “eficientes medidas” a la hora de cerrar negocios.

- Sí pero ¿pretender contratarme para eso?, yo no soy mercenario ni mucho menos un tío que se metería a …- El bangaa hubiera seguido hablando pero un disimulado codazo de su compañero, para que cambiase el tema.

Aun cuando Dirce disimulaba que estaba escuchando,  caminando a pasos lentos pero sin dejar de moverse en su dirección original, los sujetos se percataron que no estaban charlando de cómo les fue en la cacería nada más. Roems le sonaba, sabía que era uno de los contactos de su gría tutora, así como estaba segura de la mala reputación del sujeto. Esto llamó más la atención de la caballero dragón quien pensó en verdad, en hacer una visita al despacho de Nimhuee. Después de todo, sabía que se tomaría la tarde libre y no se pasearía por ahí.

Ni bien entró a la oficina, soltó la cadena de Vryll, quién se quedó al frente de la puerta, como una esfinge, mirando fijamente la entrada. Esa era su pose de vigilancia. Después de todo entendía a su hermana sin que esta le diera órdenes concretas, así como otras veces podía desobedecerla sin reparo alguno; todo dependía de la situación y aunque Dirce no lo quisiera reconocer, había un claro patrón en ello.

Cogió la carpeta verde oliva y dentro encontró una ficha de informe. Datos de un sujeto con marcas personales muy distintivas, era como para reconocerlo a tres kilómetros a la redonda. Siguió ojeando la carpeta, hasta que sus párpados se abrieron mucho más, con los ojos clavados en una fotografía con una corta identificación debajo. Cerró la carpeta y la enterró en el cajón del que la había sacado. Se quedó unos instantes atónita, empezando a cruzar las conversaciones previas. Vryll movía las orejas y cuando notó a su hermana inmóvil, se acercó a ella sobre sus cuatro patas y con gesto cariñoso y preocupado golpeaba el muslo de Dirce con su frente.

La dragontina no dudó más, aun si no tenía fundamentos fuertes, tenía que actuar. Cogió de nuevo la cadena de la correa y salió con prisa de la oficina. No hizo más que ir a por Tashunk (su lanza) y el casco de placas, para salir directo rumbo a la plaza sur. Quedaban unos quince minutos para las seis de la tarde y tenía bastante recorrido para hacer antes de llegar. No tenía claro si debía inmiscuirse o no en el asunto, pero lo que sabía es que, si su sospecha era cierta, lo que iba a pasar era una injusticia que si a ella le sucedía, no perdonaría a su ejecutor.
FDI:
(*): tres escorias menos: Dirce tiene una especie de contrato con Nimhuee, si ella logra matar una determinada cantidad de escorias, la gría las liberará de su deuda por criarlas y educarlas.
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Re: Toma chocolate, paga lo que debes [Artheon]

Mensaje por Artheon el Lun Dic 22, 2014 12:58 pm

Luego de un exhaustivo viaje desde el Continente del Este, las aventuras de Artheon y Eholl los llevaron a la gran ciudad libre de Rabanasta. El bestial clima les obligó a ataviarse con bastas prendas con capucha para protegerse del sol y de las ventoleras de arena, y como andaban un poco escasos de monedas (hacía dos semanas que Artheon no se prestaba de mercenario para cobrar cuando menos unas miserias), estaban sentados en la parte trasera de un convoy mercante que los transportaba a la ciudad.

Como de costumbre, Eholl estaba que no movía las piernas del cansancio, y tenía tanta sed que parecía que iba a desmayarse de un momento a otro. Siendo un chaval campestre acostumbrado a condiciones hogareñas más que aceptables, los viajes con su padre y el sometimiento a esos ambientes no le estaban haciendo ningún bien, pero él se empeñaba en continuar junto a Artheon.

- ¿Te terminaste todos los dátiles? -inquirió el caballero oscuro, revisando la bolsita de lana de la cual Eholl no había parado de rebuscar.

- Lo siento, papá, no puedo soportar el hambre y la sed -incluso Artheon sabía que su jornada del día había sido demasiada para el niño, pero eso no impedía que fuera tan duro con él como siempre.

- Aprende a soportarlos. Así es esta vida, niño. A veces hay clientes y rufianes que apalear, y a veces nadie te da un cuarto de guil por matar a un rey bégimo.

Los K'nabul habían ido a las afueras de Rabanasta a cazar cactilios. En los barrios bajos se había formado un abastecido mercado de víveres para viajeros del desierto, y paraban muchos albheds provenientes del Hogar buscando materiales de alquimia, y las espinas de aquellos escurridizos monstruos se vendían muy, pero muy bien. No obstante, con lo que habían conseguido recolectar (apenas un puñado) sólo les serviría quizá para pagar los pasajes aéreos. 

Artheon se sentía impotente: sabía que de no ser por Eholl, que siempre lo retrasaba, habría cazado más bribones de esos y tendría una recompensa más sustanciosa en mucho menos tiempo. Ahora tendrían que quedarse en Rabanasta una temporada. 

La atestada urbe olía a contaminación, sudor y mercancía, con gente de todas las razas yendo de aquí para allá. Eholl nunca había visto tal cosa, o al menos nunca de tan cerca. Si eso había visitado Lindblum una sola vez, y por un tiempo muy corto. Aquí veía bangaas mendigando, gordos seeqs hablando a voz en cuello, y hermosas rava vieras* pavoneándose de un lado a otro. Artheon, más que acostumbrado a esa biodiversidad, estaba bostezando y deseando echarse a dormir lo que quedaba de tarde.

Bajaron del convoy cuando se acercaron al centro de la ciudad, y echaron a caminar por una de las calles más amplias, entre el bullicio. A los barrios bajos se accedía a través de portones de metal tras los cuales había amplias escaleras de piedra que descendían y descendían hasta el subterráneo. Por allí se fueron padre e hijo, ya que se quedaban en una de las posadas más pobres. Aún más que los baños, apestaba el dueño del pub, un seeq con un delantal que siempre olía a comida podrida.

- Mañana iremos a la zona oeste del desierto, y reanudaremos la caza. Sería mejor que aprovecharas de dormir -comentó Artheon, conforme bajaban los escalones y se sacaban las capuchas, ya al menos protegidos de la inclemencia del sol.

Al oír aquello, Eholl suspiró abatido.

- Esa actitud no te llevará a nada, niño. Esto es trabajo, es dinero. Es parte de lo que con tanto afán quieres vivir, ¿no es así? ¿O al fin te has arrepentido? -Artheon dudaba mucho que Eholl, que era incluso más cabezota que su padre, quisiera echarse para atrás. Ese niño había pasado trabajo desde que se había unido a Artheon, y siempre se reponía, para desaliento del caballero oscuro.

- Claro que no. Estoy tratando de ser muy fuerte como tú -replicó Eholl- Pero me cuesta mucho seguirte el paso. No sé si aguante lo suficiente para mañana -se le veía realmente acongojado.

- No es la primera vez que lo dices. Y sin embargo aquí estás, empeñado en ser algo que no eres -respondió Artheon con dureza.

- Yo sé que puedo, pero... sólo tienes que darme más tiempo, quiero aprender...

- No, no puedes. ¡No estás hecho para esto! -Artheon se detuvo y echó una mirada furibunda al pequeño. No había pretendido estallar así, sólo sucedió. Eholl miró al suelo, apenado. Artheon sabía que tenía ganas de llorar, pero hasta ahora, e increíblemente, no le había visto al crío soltar una sola lágrima en sus viajes- Estás hecho para cuidar crías de chocobos en los corrales de tu pueblo, para vivir una vida tranquila lejos de los problemas.

- He podido aguantar hasta ahora... -murmuró Eholl.

- ¿Y crees que lo habrías podido hacer sin mí? Serías almuerzo para los monstruos en menos de cinco minutos. Tú no eres un mercenario, Eholl. Deja ya esta farsa y regresa a tu casa -Artheon echó a caminar nuevamente, sin mirar atrás. ¿Que había sido muy duro? Quizá, pero era necesario. En el fondo, a Artheon le preocupaba la seguridad de su hijo, y sabía que él no sería capaz de soportar más tiempo con él. Había llegado la hora, finalmente, de devolverlo a Teyrr.

La vida de Artheon era solitaria. Las cosas así debían ser.

Un par de horas más tarde, el sol había bajado lo suficiente para que Artheon y Eholl (cabizbajo y mudo) salieran de la posada y consiguieran vender lo que habían comprado. Había sido mejor negocio de lo que Artheon había creído en un principio: con esa pasta, podrían regresar a Lindblum y hasta les sobraba un poco. Cuando se librara de Eholl, Artheon podría reanudar sus labores como mercenario completamente.

El último barco volador salía a las 6:30 de la tarde, por lo que los dos K'nabul se encontraban llegando a la plaza sur a media hora antes. Había menos gente, pero no dejaba de ser una plaza pública y costaba moverse entre la multitud. Ninguno de los dos decía nada. Incluso Eholl estaba callado, cosa que nunca había pasado antes. Artheon en serio había herido sus sentimientos. Pero el caballero oscuro no se lamentaba. Él estaría mejor con Damette y su familia materna, no con un forajido como él.

Se detuvieron un momento porque había un gran carro de vegetales cargado por tres chocobos pasando, y las criaturas se distrajeron con unos artistas de calle que estaban cantando una canción y bailoteando. Viendo como un par de hypellos, una miqo'te y dos mogurís montaban un espectáculo en la plaza, Artheon no se dio cuenta de que había alguien justo detrás de ellos aproximándose con muchísimo sigilo por entre las personas...

- No te separes, niño, tenemos prisa -habló Artheon, echando una mano atrás para sujetar a Eholl por el brazo. Cuando sus dedos asieron el aire un par de veces, tanteando en busca de su hijo, se dio la vuelta para descubrir que Eholl se había esfumado- ¿Eholl? ¡Eholl! -tras varias veces clamando en voz alta el nombre del niño y volver un poco sobre sus pasos mirando en todas direcciones, Artheon se preocupó- Joder. Maldita sea, ¿y ahora a dónde se ha metido?

El hombre se movió a pasos rápidos entre la muchedumbre, echando vistazos al suelo. Eholl no destacaba precisamente por su altura, así que debía de estar bajo las patas de algún roegadyn. La cosa es que mientras buscaba al pequeño, se dio cuenta de un detalle en ese escenario del que era imposible pasar de largo: había una mujer de buena altura (aunque aún baja para el metro noventa de Artheon), de rasgos toscos y poco convencionales. A simple vista parecía una humana, pero a Artheon le olió que en su genética había una mezcla de razas extraña. El factor estrambótico de aquella mujer era llevaba de una cadena a una segunda fémina, quien llevaba el rostro cubierto.

Aquella "cosa" se comportaba como un animal, y Artheon pasó de tratar de distinguir qué era lo que le pasaba o qué individuos habrían copulado para concebir a ese fenómeno. Al principio sin poder quitarle la vista de encima a la mascota, se vio de un momento a otro frente a las mujeres. Entonces fue cuando alzó la cabeza y se topó con los ojos pardos de la muchacha.

- ¿Habéis visto a un niño? Enano, así más o menos -Artheon indicó con la mano derecha la altura aproximada de Eholl- De cabello blanco, carga un báculo a la espalda y va vestido parecido a mí -terminó de indicar, señalando su ropa, que consistía en un conjunto de remera, chaqueta y capa con capucha, larga y desvaída, todo con colores marrón basto y beige. A su espalda, su inseparable Covenant permanecía enfundada, y se podía entrever bajo la capa las dos gruesas cadenas protectoras pendiendo desde sus hombros.
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*Las rava vieras son vieras de piel oscura.
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