Promesas escritas en sangre

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Promesas escritas en sangre

Mensaje por Saya el Vie Nov 14, 2014 10:17 pm



PRÓLOGO

PARA ENTENDER LA HISTORIA DE SAYA, ANTES NECESITAMOS REMONTARNOS A LA HISTORIA DEL CLAN OZUNO.
NECESITAMOS RECORDAR LA PROMESA ENTRE DOS HERMANOS QUE PERDURARÍA A TRAVÉS DE LAS GENERACIONES VENIDERAS.
NECESITAMOS RETROCEDER CIEN AÑOS EN EL TIEMPO.
NO OBSTANTE, EMPEZEMOS POR EL PASADO MÁS INMEDIATO...


PERSONAJES:




ÁRBOL GENEALÓGICO:



¡PINCHA PARA VER MÁS GRANDE!

Aquel bosque de bambú rezumaba una tranquilidad que comenzaba a ser muy asfixiante. Los rayos del sol se filtraban tímidamente entre las hojas, que copaban un paisaje tupido de gigantescos e imperecederos tallos verdes. Los pájaros habían dejado de piar desde hacía un rato, pero la marcha de la mujer era tranquila y serena. Como un paseo. Avanzaba entre los árboles como una autómata y sin prestar demasiada atención al incipiente silencio que la rodeaba, como si supiera exactamente a dónde quería dirigirse. Su apariencia hermosa y delicada, pero al mismo tiempo fiera y curtida, la identificaban como una guerrera del pasado que había renunciado a su nombre. La identificaban como alguien que había abandonado su senda, que había renegado de sus propósitos para buscar otras metas quizá más tranquilas. Su espada, protagonista indiscutible de innumerables batallas, descansaba ahora en su espalda como una presencia sometida a un letargo indefinido.

De pronto, una fugaz sombra cruzó las copas de los árboles obligando a la mujer a detenerse y alzar la vista. Ésta, sin embargo, no desenvainó su arma, y el latido de su corazón no aumentó ni un ápice cuando una reluciente katana se posó sobre su cuello de porcelana. El hombre, ataviado con ropas oscuras y una máscara que le cubría parte del rostro, permaneció impasible y estático a espaldas de la joven guerrera. Sin palabras. Sin movimientos. Sin parpadeos. Apenas sin respiración.

El tiempo pareció reanudar su marcha cuando una brisa traviesa agitó las hojas caídas, envolviendo a ambos jóvenes en un halo de misticismo. Y entonces, sólo entonces, las palabras se hicieron presentes.

¿Qué asuntos te traen al territorio de los Ozuno? —pronunció el muchacho con un tono de voz seco y muy agresivo.

Quiero hablar con Zaji —respondió la mujer con indiferencia.

Nuestro líder no trata con renegados.

La muchacha de cabellos oscuros levantó inocentemente la vista y sonrió con delicadeza, observando con taimada impasibilidad la figura de un pajarillo que se había posado cerca. La presencia de una katana sobre su cuello, capaz incluso de cortar el mismísimo cristal, no parecía alterarle lo más mínimo.

¿Qué tal si dejamos que sea tu padre el que tome sus propias decisiones?

El joven apuesto pareció reaccionar ante aquel comentario, aunque hizo esfuerzos en camuflarlo. Viéndose ganadora del duelo, la muchacha usó su dedo índice para retirar el contacto de la katana, que no ofreció resistencia en absoluto, y se dio la vuelta encarando finalmente a su oponente. Ambos se quedaron en silencio, frente a frente, examinándose y analizándose mutuamente como dos obras de arte cuyo significado resulta complicado de averiguar.

Veo que sigues siendo el mismo crío repelente e insufrible, Kurama —expresó la joven con un deje divertido en la voz.

Y tú la misma niñata con aires de superioridad, Nozomi. —El muchacho envainó la katana.

Aquellas palabras ensombrecieron momentáneamente la expresión de la mujer, que inconscientemente bajó la vista.

Nozomi —repitió para sus adentros—. Hacía quince años que no escuchaba ese nombre.

Kurama alzó una ceja con suspicacia ante la reacción de su compañera, y ladeó la cabeza al tiempo que se cruzaba de brazos.

Oh, disculpa entonces. ¿Debería llamarte... Ebony? —dijo mordaz.

La joven de cabellos oscuros alzó el rostro únicamente para mostrar una expresión carente de cualquier sentimiento. Una expresión vacía. La expresión de alguien que ha visto y vivido demasiadas cosas en un lapso de tiempo muy escaso. Finalmente, y tras un silencio de varios segundos, la muchacha expulsó una ráfaga de aire contenido por la nariz y el brillo regresó a sus abatidos ojos castaños. Con un suave movimiento le dio la espalda a su compañero, aún perplejo, y retomó la marcha con la elegancia que la caracterizaba.

Ebony ya no existe.

Y con esas simples palabras, Nozomi se desprendió de una identidad que la atenazaba para recuperar aquella que tiempo atrás había decidido abandonar en aquel mismo bosque, cuando sólo tenía once años.


Última edición por Saya el Dom Nov 30, 2014 7:53 am, editado 7 veces
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Re: Promesas escritas en sangre

Mensaje por Saya el Miér Nov 19, 2014 4:25 pm


PRIMERA VIRTUD

"CORTESÍA"
(Rei - )


UN SAMURAI NO TIENE MOTIVOS PARA SER CRUEL.
UN SAMURAI RECIBE RESPETO NO SOLO POR SU FIEREZA EN LA BATALLA,
SINO TAMBIÉN POR SU MANERA DE TRATAR A LOS DEMÁS.



Una aldea oculta en el bosque. Un clan de guerreros viviendo bajo las siete virtudes del Bushidō, un código ético que exigía lealtad y honor hasta la muerte. Fieros, pero a la vez compasivos. Benevolentes, pero a la vez justicieros. Fieles, pero a la vez cautos.

Los Ozuno compartían sus vidas aislados del resto del continente, centrados únicamente en disfrutar de una existencia humilde y tranquila junto a sus semejantes. Todos y cada uno de los individuos, desde los ancianos hasta los niños, desde las generaciones pasadas hasta las que aún están por venir, independientemente de los lazos de sangre, compartían el mismo apellido, pues todos formaban parte de la misma familia. Su cabañas, ocultas entre numerosos pasajes recubiertos de tupida vegetación y altos árboles, estaban construidas sobre madera y barro. Y una de esas cabañas albergaba la presencia de un hombre y una mujer.

Aún estaban vestidos, pero el intercambio de besos y caricias entre ambos se sucedía como un torrente incesante cuya pasión apenas comenzaba a despertar aquella mañana. La espalda de ella estaba puesta contra la pared, completamente arrinconada por el aguerrido cuerpo del joven de cabello oscuro. Sus manos se entrelazaban con cariño, despacio, como si tuviesen todo el tiempo del mundo. El chico deslizó cuidadosamente el kimono de su compañera para buscar con los labios la suave piel de su cuello, y ésta inclinó la cabeza hacia un lado invitándole a ello. Sus cuerpos se pegaban cada vez más, explorándose, deseándose. Aquel acto no era una simple búsqueda de los placeres carnales; era la más pura representación del amor más incondicional que puede existir entre dos personas. Un amor capaz de hacer temblar incluso las fronteras entre la vida y la muerte.

Joven maestro, vuestro padre... —El mensajero se detuvo inmediatamente y desvió la vista hacia el suelo, abochornado—. Disculpadme señor, mi señora.

Los jóvenes detuvieron su acto durante algunos segundos. Nozomi ocultó una expresión divertida y Kurama se negó a desprenderse del contacto de su compañera, mirando con exasperación al inoportuno individuo como si esperase que desapareciera para poder continuar su labor.

Vuestro padre ordena vuestra presencia en el hogar principal —declaró el mensajero sin levantar los ojos del suelo.

Dile que iré más tarde. Ahora mismo tengo un "asunto" muy personal entre manos. —Aquella definición tan sarcástica provocó que una risa se escapara de los labios de la muchacha, que observó al mensajero con cierta sonrisa morbosa.

Vuestro tío también os aguarda —añadió el hombre de mediana estatura, que empezaba a no saber dónde meterse.

Aquella simple afirmación provocó que el semblante de Kurama sustituyese la irritación por la sorpresa. Alzó levemente las cejas y se separó algunos centímetros de su compañera.

¿Ya han llegado? —El mensajero asintió solemne—. De acuerdo. Puedes retirarte.

Sí, joven maestro. —Y con una ceremonial reverencia, el hombre desapareció tras la cortina oscura que cubría el umbral principal de la vivienda.

Kurama se apartó de Nozomi con esfuerzo y sacrificio, regalándole un último beso antes de darle la espalda y empezar a ataviarse con las ropas de exterior. La chica continuó apoyada en la pared, pero en una posición mucho más relajada y tranquila, recomponiéndose lentamente el kimono mientras observaba cómo su valiente guerrero se preparaba para ocuparse de las responsabilidades del clan.

¿Cuándo dejarán de llamarte "joven maestro"? —preguntó en tono simpático—. Cuando eras niño estaba bien, pero ahora... —rió.

Hasta que mi padre me ceda el mando de la aldea —respondió el aludido, girándose momentáneamente hacia atrás para dedicarle una sonrisa cansada a la muchacha—. Cosa que no ocurrirá hasta dentro de unas tres o cuatro décadas. O me canse de esperar y decida matarle yo mismo —bromeó.

Kurama terminó de ajustarse la pechera de cuero negro, el calzado, el cinturón y los guanteletes. Nozomi mientras tanto se dejó caer en una silla de madera cercana, dejando escapar un suspiro distraído. No le molestaba que su compañero se ausentase para atender ciertos asuntos tanto dentro como fuera de la aldea, pero desde hacía tres meses aproximadamente venía arrastrando una sensibilidad emocional bastante delicada.

Te veo aburrida. ¿Quieres venir? —comentó Kurama en tono jocoso.

Oh. No. Por favor. —Nozomi alzó una mano rechazando su propuesta de manera muy teatral—. Sabes que no me gustan esas reuniones familiares.

Los labios de Kurama se alzaron en una media sonrisa y éste avanzó varios pasos hacia ella. Se inclinó hacia delante y apoyó las manos en ambos reposabrazos de la silla, quedando cautivadoramente cerca del rostro de la morena.

Bueno, ahora eres mi mujer. Eso te convierte en la futura dueña y señora de este lugar —sentenció sin perder ni una pizca de travesura—. Algún día tendrás que hacerlo.

Algún día —atajó la chica con una sonrisa, dando a entender que no sería hoy.

Kurama puso los ojos en blanco y abandonó la lucha. Entonces, antes de retirarse y marcharse, depositó un tierno beso sobre la frente de la muchacha y luego otro en su vientre, donde una pequeña criatura comenzaba a gestarse lentamente.

Tras alejarse de la comodidad de su morada, Kurama avanzó directo hacia el hogar principal donde residía su padre, su madre, y varios consejeros de confianza. El hogar principal, aparte de servir como vivienda para los líderes del clan Ozuno, también actuaba como lugar de asambleas y reuniones importantes donde se debatían diversos temas que afectaban directa e indirectamente a los más de cien guerreros y aldeanos que vivían bajo los designios de su mandato. Era el edificio más grande y llamativo del pueblo; estaba decorado con diversas pieles así como tapices hechos a mano, y dos estandartes a cada lado de la entrada con el emblema del clan. Una vez traspasado el umbral principal, Kurama avanzó velozmente entre la veintena de consejeros y samurais de alto rango que se habían congregado para tratar un asunto de vital importancia: el repentino despertar de un invocador en la aldea.

El chico alcanzó la tarima principal donde su padre, Zaji, charlaba sonriente y animado con un hombre de cabellos blancos y aspecto fiero que también vestía las prendas oscuras típicas de los Ozuno. Los dos hombres recibieron al muchacho con alegría, y el joven acentuó la reverencia al dirigirse al guerrero peliblanco.

Tío Virmak —pronunció en tono amable y cordial.

Veo que has crecido bastantes centímetros, chaval —el hombre palmeó la espalda de su sobrino con afecto.

Kurama agradeció las palabras y sonrió. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en una segunda presencia que se mantenía impasible tras la espalda de su tío Virmak, una presencia muy pequeña en comparación a la enorme constitución del guerrero. Se trataba de una muchacha de largos cabellos castaños, piel bronceada y ojos tan azules como el mismísimo océano. Kurama y la joven se miraron atentamente durante un par de segundos, en silencio.

Ella es Sakima, tu prima —aclaró Zaji en tono festivo—. Se quedará con nosotros un tiempo.

Kurama le dedicó una nueva mirada a la joven, y ella simplemente sonrió.
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