¡¡¡Quiero un helado!!! [Shireen]

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¡¡¡Quiero un helado!!! [Shireen]

Mensaje por Layla Shinigan el Miér Nov 12, 2014 1:34 am

Después de aquella fiesta de gala en Midgar tuve la oportunidad de pasar un buen tiempo libre en la Gran Casa tal y como había deseado desde un principio, al fin podía disfrutar de la paz y tranquilidad del gran jardín de flores de mamá y de pasearme por los amplios pasillos y recostarme sobre el frio azulejo del suelo frente al gran ventanal del salón de música, descalza y mientras uso un ligero vestido blanco de una sola pieza. Durante unos días todo fue paz y tranquilidad, sin preocupaciones, pero después supe que papá se movería a Alexandria y le rogué que me llevara con él pues me habían surgido deseos de visitar aquel lugar una vez más.

- Bueno, ¿Qué tu quieres vacaciones completas, o qué? - reprochó de pie frente a la puerta del salón de música.
- Ay anda, papá, por favor - supliqué dando saltitos frente a él.
- Esta bien... - accedió finalmente con un plan oculto - Pero en cuanto volvamos a Rabanasta volverás a tus labores y no más juegos, ni distracciones, ni permisos como estos ¿Entendido?

Acepté el trato feliz y en pocos días me encontraba ya rumbo a Alexandría, una bella ciudad llena de vida y un enorme castillo que dejaba perplejo a cualquier visitante, pero a mi no, pues no era la primera vez que iba a aquella ciudad. Anteriormente ya había estado ante aquel enorme castillo y las coloniales calles que se extendían en diversas direcciones, adornadas por lindas casas de tejados rojos y llenas de tiendas en las que podía pasearme y mirar. Dejando a mi padre atendiendo negocios, pues como la chica amorosa y amante de la música que era los números e inversiones no eran de mi interés, y salí a recorrer la gran ciudad tomando prestado algo de dinero del bolsillo de papá y acompañándome de una de las mejores botellas de vino de su reserva mas reciente, guardada en mi bolsa como era costumbre.

Recorrí la plaza del mercado y varias tiendas buscando alguna cosa de mi interés, y como era costumbre cada que veía algo que me agradaba, soltaba la plata y el objeto iba a mi bolsillo. Después de un largo rato de caminar y ya casi con mi bolsa llena, decidí tomarme un descanso por la plaza central, sentándome a la orilla de una fuente y mirando a la gente pasar. Al cabo de un rato comencé a sentir algo de hambre así que busqué el mejor lugar para saciar mi apetito, sentándome a la mesa de un restaurante no muy lujoso pero de buena comida que me dejó satisfecha, y acompañando mi festín con una pequeña copa de ese vino que llevaba en mi bolsa. Habiendo terminado guardé la botella casi llena de nuevo en su lugar y me retiré para seguir mi paseo. De pronto, como guiada hasta ahí por los Doce, apareció frente a mí un gran establecimiento de helados y golosinas que no solo llamó mi atención si no también la de mi estómago y mi paladar. En poco me encontré frente al aparador tratando de llamar la atención del hombre que surtía los fríos postres.

- ¿Me puede dar un cono especial con 2 bolas de chocolate y galletas, por favor? - pedí con ansiedad pero tratando de guardar cierta cordura.

El hombre tomó un gran cono de helado y ayudándose de un despachador, sirvió una bola gigante de helado de chocolate con galletas dentro del enorme cucurucho seguida de una segunda bola del mismo tamaño que colocó por encima de la primera y adornó con una pequeña cereza y chispas de chocolate. << Son 45 Guiles >> comentó extendiendo la mano para cobrarme, pero me llevé una gran sorpresa al meter la mano a mi bolsillo para sacar el dinero, y es que ya no había más dinero, y no iba a salir ni aunque rascara con fuerza la tela de la bolsa de mi abrigo. Resignada salí del establecimiento arrastrando los pies, con el rostro caído y los brazos colgando. De verdad tenía deseos de ese aperitivo pero mi situación económica actual me lo impedía, y todo por haberme gastado todo mi dinero en otras cosas que en ese momento comenzaron a parecerme inservibles e inútiles. Y ¿Quién lo diría? Layla Shinigan sufriendo por dinero. Pero no iba a quedarme ahí, tenía que idear un plan, ese helado tenía que ser mio...



Off: Lamento la extensión, me ha salido algo más corto de los últimos trabajos que he echo, pero no encontre mucha inspiración esta vez. Igual espero que te agrade y pueda mejorar con el transcurso. =^^=
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Re: ¡¡¡Quiero un helado!!! [Shireen]

Mensaje por Shireen el Vie Nov 14, 2014 9:42 pm

Shireen sentía que se encontraba en una pesadilla. Frente al puesto de helados, miraba al infinito con rostro asustado y traumatizado, tal como si estuviese frente al monstruo más terrible que pudiese existir en la faz de Gaia… o una araña, que era unas ocho mil veces peor. Aquello definitivamente NO le podía estar pasando a ella. Nunca, era imposible. ¿Qué demonios estaba pasando? Vale, no, tenía que mantener la calma. Todo tenía una explicación, el problema era que el impacto no la había dejado pensar con claridad. Sólo tenía que recapitular lo que había hecho hasta ese momento…

Por los Dioses, Shireen… —su tía Myris leía en su tablet las noticias actuales de Gaia, más específicamente, el desastre que había resultado ser la obra de teatro en la joven se había estrenado como actriz— ¿No te da vergüenza? Tú eres mucho mejor que esto.
¡No es mi culpa! Primero me tiraron a escena el mismo día de la obra sin haberme siquiera dado el libreto previamente para estudiarlo y ensayarlo como Thaliak manda, y luego pasó lo del Deamond falso. ¡De haber tenido tiempo, lo habría hecho mil veces mejor! —se defendió la joven, indignada. Ella era una actriz excelente, y le molestaba que su talento hubiese quedado en entredicho por culpa de aquel altercado. La castaña mujer negó con la cabeza.
Una buena actriz tiene que mantenerse siempre profesional a pesar de las circunstancias. Ya luego de que termine la obra puedes mandar sicarios a que maten a quienes trataron de sabotearte —la maga enarcó ambas cejas— … ¿Qué? No me mires así, lo decía en bromita. Ese tipo de gente acaba muriéndose solita.

Myris era una de esas personas de la familia volvían el árbol genealógico un estropicio de ramas extrañas, siendo hermana del esposo de una de las hermanas del padre de Shireen. No era exactamente su tía, pero ella la consideraba como tal por dos razones: la primera era que no se había molestado en averiguar cuál era el nombre exacto que se le daba a ese tipo de pariente político; y la segunda y más importante era que la mujer era una actriz de teatro muy bien conocida en los tres continentes. Su fama se debía, aparte de su talento, a su insistencia en preservar el sofisticado arte del teatro por encima de las modernas películas; y le habían ofrecido infinidad de papeles y de cuantiosas sumas de dinero para entrar al mundo del cine, pero en todas las ocasiones se había negado rotundamente. Por supuesto, un familiar con fama aparte de dinero figuraba alto en la lista de la rubia… y la actriz, además, le caía bien. Era como un tres en uno.

Se había aprovechado de que dos de sus hermanos habían ido a hacer negocios en Alexandria para colarse con ellos. Aunque ella se sentía a gusto tanto de ciudades modernas como en ciudades más tradicionales, siempre le encontraba un encanto especial a las elegantes casonas, a las tradicionales tiendas con sus artículos a la onda vintage y a las adoquinadas y enreversadas calles. Era uno de sus lugares favoritos para comprar ropa y cachivaches lindos que acumular… y justo eso era lo que pensaba hacer. Llevaba toda la mañana conversando con Myris, por lo que consideraba que ya era hora de hacer su respectivo shopping verspertino.

¿Tienes todo lo que necesitas? Recuerda que hoy tengo una entrevista importante y no volveré hasta en la noche —advirtió la mujer desde la sala de estar. Shireen, ya en la puerta, restó importancia a sus palabras con un gesto despreocupado con su mano.
Sí, sí, estaré bien. ¡Nos vemos luego, tia!

Y fue así como salió. Aunque le daba mucha flojera ir a pie, eso le permitía examinar las vitrinas de las tiendas con más detalle, por lo que podía examinar bien la mercancía… para luego comprarla por impulso, pero ese no era el caso. Haciendo su peregrinaje shopahólico, Shireen fue metiendo en una bolsa toda la ropa y artículos curiosos que le gustaban, y la pobrecilla salía cada vez más hinchada a cada establecimiento de la que la joven salía. Incapaz de saber cuándo parar, la rubia había inhibido exitosamente necesidades básicas tan vitales como el comer, beber o siquiera ir al baño… pero todo cambió cuando la nación de los helados atacó. La heladería llamada “La Nación de los Helados” había aparecido casi por arte de magia frente a sus narices cuando la chica había doblado en una esquina para continuar su recorrido, y automáticamente su estómago había reaccionado ante tan tentadora posibilidad que se le presentaba. Oh, el helado de esa tienda era de lo mejor… No le haría daño comprarse uno, después de todo ya llevaba rato caminando, merecía tomarse un buen descanso con un dulce para reponer las energías.

Buenas tardes —saludó educadamente al vendedor, que sonrió al verla.
¡Señorita Shireen! Un placer tenerla por aquí. ¿Viene con su tía? ¿Su padre? ¿Sus hermanos?
No, no. Hoy vengo sola… Roman —respondió, viéndose obligada a leer el nombre en la camisa del hombre, pues no lo recordaba en absoluto, pese a que siempre era él quien le atendía cuando iba al lugar. Realmente decía “Roman Jr.”, pero venga, detalles.
El especial de veinticinco sabores, ¿verdad? —inquirió el muchacho, y la rubia asintió sin dudarlo.

El especial de veinticinco sabores era una de las especialidades del local, y era casi legendaria: Los veinticinco mejores sabores de la heladería, los que el público más aclamaba, eran arrecochinados en una gran copa de cristal, cubiertas de sirope, chispitas, trozos de galleta y un montón de cosas más. Era un milagro que Shireen no saliese con sobrepeso luego de comerse toda esa bestialidad ella sola, y el conjunto entero era tan pesado que la maga no tenía la fuerza suficiente para cargarlo, por lo que siempre tenían que ayudarle a llevar la copa a la mesa.

125 guiles, señorita Shireen —le dijo el dependiente, pero ella ya se sabía de memoria el precio, por lo que con toda la tranquilidad del mundo sacó la billetera de su bolso y la abrió… y podría haber jurado que una polilla salió de ésta, volando desesperadamente hacia su libertad— … ¿Señorita Shireen? —El pavor en el rostro de la casi-SeeD era palpable. Vacía, su billetera estaba vacía. Vacía como la de un pobre. Vacía como la de una persona que no podía siquiera costearse una billetera porque no tenía dinero para meterlo en una en primer lugar. No podía ser…— Ah, ¿ha dejado el dinero en otro lado, también? —Si el muchacho no murió por la mirada indignada y asesina que la chica le dedicó, fue por obra y gracia de los fal’cie— Una chica entró hace unos minutos y ella tampoco tenía dinero, parecía que lo había olvidado. Qué curioso que pase dos veces, ¿verdad? —comentó muy tranquilo, riendo suavemente. Pero Shireen no reía. Ni un poquito. Caminando lentamente, cual muerto en vida, la joven salió del establecimiento, con ojos temerosos y un porte no tan digno como el que solía siempre usar.

Lo que nos lleva al momento actual. Como decíamos, Shireen sentía que estaba en una pesadilla. Y la realidad era que, sin dinero, se sentía totalmente indefensa. No podía pagarle a nadie para que hiciera cosas por ella, no podía comprar las cosas que quisiera… no podía hacer casi nada de lo que hacía diariamente. ¿Se lo había gastado todo en sus compras? ¿Cómo no se había percatado? O más bien, ¿¿Cómo se le habían acabado los guiles?? ¡¡Ella era rica, maldita sea, sus finanzas nunca se estancaban!! Y ahora, para más inri, había quedado con un antojo de helado de los mil demonios del más profundo y diabólico averno. Sus hermanos estaban en sus negocios y estando ocupados no le atenderían, y su tía bien le había advertido que si iba a pedir algo lo hiciera en ese momento, porque no llegaría hasta bien entrada la noche. Tenía que hacer algo… Shireen Whiterose siempre conseguía lo que quería. Y quería un maldito helado.

Fue entonces cuando se percató de otra persona cerca de ella. Esa chica… le sonaba y mucho. Sí, definitivamente la reconocía, la recordaba de los eventos inter académicos que realizaban las escuelas y universidades de música y arte de los tres continentes. Debía admitir que la muchacha tenía mucho talento… y además, esa melena platinada tan larga y tan bien cuidada no la tenía cualquiera de baja alcurnia. Sí, definitivamente era ella, aunque no recordarse su nombre, pero poco le importaba. Lo presentía, ella tenía el mismo objetivo que ella. Y si no lo tenía, pues le daba exactamente igual, la ayudaría sí o sí.

—Tú y yo tenemos el mismo objetivo —Se había colocado a su lado como una aparición. Asumía que la muchacha la reconocería así fuese de vista, y que comprendería que ambas estaban en el mismo aprieto—. Esos helados van a ser nuestros… pero tenemos que unir fuerzas. ¿Estás conmigo?

Nada unía más a la gente que la necesidad de comer.
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