El Fuego del Fénix

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El Fuego del Fénix

Mensaje por Kelsa el Mar Nov 04, 2014 7:44 pm



Prologo.- El antes y el Después


Era oficial desde el momento en el que Barrek bajó la gran escalera de la mansión Nydeon con los ojos empañados en lagrimas: Laecella Nydeon, mi maestra, nuestra maestra, había muerto. Se que es una forma un tanto brusca de comenzar a contar mi historia, pero aquel hecho fue un punto y aparte. La recordaba como una buena persona. De las mejores que he conocido nunca. Quizás los pocos que la conocieseis previamente también tengáis la misma imagen que yo.

Dejad que, antes de contar mi historia, os relate quien era Laecella Nydeon. Apodada por muchos como La bruja serpiente, por su pericia con el látigo; O como La dama del volcán -las malas lenguasv cuentan que era capaz de nadar en magma, aunque nunca la he visto hacerlo, y creo que es solo una leyenda urbana- empezó su entrenamiento cuando solo tenía 17 años, hace unos 30. A los 19 años ya se había convertido en una de las mas poderosas magas rojas del mundo. Por eso estoy orgullosa de haber sido su pupila.

Cuando me acogió me dió su apellido y pasé a formar parte de su familia. Sin duda era un verdadero honor dejar atrás mi antiguo apellido, que a día de hoy ya no recuerdo, y pasar a ser yo, Kelsa Nydeon, la hija mayor de Laecella Nydeon. Por supuesto nunca fui su hija biológica. Ella es una albhed pura y yo medio humana, medio Elezen. Aun así siempre la consideré como mi madre.

Yo siempre fui su favorita. Desde que llegué, Savea pasó a un segundo plano. Aun así, es mi hermana, mi compañera y mi mejor amiga. Ambas pasábamos interminables tardes jugando en los inmensos jardines de la mansión Nydeon, en Midgar. Era de los pocos lugares en los que se podía encontrar vegetación en Midgar, y allí era tan densa cómo variada. Un paraíso para las dos inocentes niñas que en aquel entonces eramos.

Nos criamos con ella, con Laecella. Y ahora había muerto. Subí la mirada, encontrándome con el enorme espejo que cubría absolutamente todo el techo del hall de la mansión Nydeon. Siempre me pregunté por que había un espejo en el techo y le pedí cientos de veces a Laecella que lo quitase. Mas, ahora que estaba muerta, ni se me pasaba por la cabeza que ese enorme espejo sobrase. Mas bien era una parte de ella.

En aquel espejo vi mi cuerpo. En un traje de batalla color grisáceo, tejido en algo parecido al neopreno. Laecella nos dio uno a mi y otro a Savea para que lo usásemos para entrenar debido a que no nos robaría nada de movilidad. Venía de entrenar cuando me dieron la noticia. Mi cabello, de un color rubio pálido estaba recogido en una larga trenza que me llegaba a las caderas aproximadamente, dejando al descubierto las orejas en punta, indicio obvio gde mi ascendencia elezen. Unos ojos plateados brillaban en el frente de mi rostro. Mi primer acto, antes de hacer nada mas, fue romper la fina gomilla que sujetaba la trenza con las uñas de los dedos corazón e indice, cayendo inmediatamente mi pelo como una cascada rubia, de un rubio tan claro que parecía blanco.

-Ha muerto...- Oí entonces el gemido ahogado de un llanto a punto de emerger -¡Laecella ha muerto!- Era ni mas ni menos que mi “hermana” Savea, recalcando lo que todos ya sabíamos. Inmediatamente se lanzó llorando sobre mi, que la acogí con un amplio abrazo
-Savea, todos sabíamos que este momento llegaría tarde o temprano- Las lagrimas se negaban a salir de mis ojos y caer sobre la cabellera oscura de Savea, algo mas baja que yo, aunque realmente era lo que estaba deseando -Ahora esta en el Valhalla... No podemos hacer... Nada..

Es lo que se dice en esos casos ¿No? Fuera como fuese, en ese momento rompí a llorar. No fue un llanto caótico como el de la joven hume, sino que dos lagrimas cayeron pesada pero armoniosamente a través de mis mejillas, de una forma tan coordinada que casi parecía que danzaban.

-No lo entiendes... Kel...sa - Sus lagrimas caían con tal ritmo que casi parecía que se estaba ahogando en ellas. -Nosotras...
-Señorita Savea, le agradecería, en lo posible, que se calmase- La voz de Barrek cortó a la joven, que se zafó de mi abrazo para voltearse a verlo -El velatorio de la señora será mañana, a primera hora de la mañana. Pero si así lo queréis podéis pasar a verla.

Apenas tuve tiempo para reaccionar. Savea había decidido que quería ver a Laecella una vez antes que nadie, y me llevó con ella sin dudarlo. Así que simplemente me deje llevar hacia el que solía ser el despacho de Laecella, siendo seguidos en todo momento por Barrek, que mostraba una sonrisilla carismática.

Por lo que sabía, Barrek era un buen amigo de Laecella. Él había comenzado a acompañarla en sus periplos cuando ella empezaba, y desde entonces la había servido de la forma mas justa, fiel y servicial. Posteriormente, y por razones desconocidas para todos, pasaría a trabajar como mayordomo en la mansión Nydeon. Era un hombre mayor, de unos setenta años de edad. Nunca se había quedado calvo, es mas, tenía el pelo largo, un poco mas arriba que los hombros, y peinado hacia detrás. Unas gafas le permitían ver mejor, pues sufría miopia. No tenía barba, aunque un bigote blanco decoraba su anciana tez cubierta de arrugas.

Allí estaba ella. Un precioso ataúd de madera clara, con una tapadera de cristal que permitía verla. Estaba ya entrada en los cuarenta pero se mantenía perfectamente. Su cabello rubio, algo mas oscuro y amarillo que el mío estaba perfectamente peinado, quedando tras su espada y cubriendo parte de sus hombros. Llevaba un bonito vestido amarillo y tenía los ojos verdes en espiral, marcando su obvia ascendencia albhed, completamente cerrado. Al entrar Savea volvió a romper en llanto, mas yo me pregunté si el cristal resistiría el peso de la tierra al caer sobre el ataúd.

-Señoritas, Doña Laecella dejó cartas escritas para ambas- Musitó el mayordomo. Savea, que se había lanzado sobre el cadáver y lo abrazaba con fuerza no lo escuchó. Ver el sufrimiento de la chica me consternaba un poco. Ella siempre había sido tan débil, tan frágil... Su único pilar fue siempre Laecella, nuestra maestra. Y ahora la habíamos perdido. Suspiré.

Odio la muerte. Es algo que siempre he odiado y siempre odiaré. Creo que fue ese día en el que tome mi decisión, el día que decidí plantarle cara a los Fal'Cie, plantarle cara a la muerte y demostrar mi supremacía, demostrando ser capaz de recuperar lo que esta siempre termina por arrebatar.
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Re: El Fuego del Fénix

Mensaje por Kelsa el Vie Nov 07, 2014 7:52 pm



Ep.1.- Entre Árboles


Un jinete avanzaba lentamente por aquel sendero de la arboleda Semilla de Nophica, montado en un robusto chocobo de dorado plumaje. El animal mantenía un paso firme y seguro, sin hacer temblar en lo mas mínimo al hombre sobre él, que, mantenía ocultas sus facciones bajo la capucha de su capa de lana. Probablemente la presencia de esta se debiese al frío invernal. No en balde, estaban en pleno invierno, y la bendición de La Furia normalmente trae consigo unas temperaturas tan gélidas cómo el hielo de la diosa.

Odiaba aquel sitio. Aquel bosque no era cómo su villa natal. Los árboles no eran nadie a quien respetar, y sus pobladores le eran bastante indiferente. Los animales solo son piezas de caza. Seres con los que alimentar a la familia. Él era un hombre honrado, un hombre de familia, No tenía por que estar preocupándose por las cuestiones de unos simples bichos cómo esos círculos de druidas desarrapados que se sientan en el bosque a hacer “cultos y cosas”. Y luego estaban los Elezen...

Supo que estaba allí mucho antes de que este llegase a tensar el arco, y aun así no le dio importancia. No es que la hubiese visto, ni tan siquiera la había oído. Pero él sabía que llegados a determinado punto del bosque esas ratas de orejas afiladas te tienen vigilado. Tenía que admitir que la primera vez que le sorprendieron así no se lo esperaba. No en balde, la agilidad de aquellos Elezen, conocedores de cada rama de su bosque, es algo completamente sorprendente. Sin embargo poco a poco comenzó a perder esa gracia, y a verlos simplemente cómo algo que está ahí. Al fin y al cabo siempre terminan por avisar antes de disparar, y todo ese sigilo termina siendo algo completamente inofensivo.

-Te estas acercando a territorio Elezen, peregrino- Se delató por fín. Una voz masculina, seca y tajante. -No te recomiendo seguir por aquí sin identificarte.

Le agradaba que por fin se hubiese mostrado. Ya se sabe, no vas a verlos si ellos no quieren que los veas, así que ya ni se dignaba a intentar buscar sus fibrosas siluetas saltando entre los árboles. El encapuchado levantó levemente la cabeza, mirando al Elezen desde debajo de la tela. Estaba sentado en una rama a unos seis metros de altura, y le apuntaba directamente con el arco, cargado con una tosca flecha hecha con madera y piedra. Si señor, eso si que era una bienvenida cordial.

-¿Por que no debería identificarme?- Bromeó, con tono jocoso. No le gustaban los Elezen -Hasta donde se soy bienvenido en Agarwaen.- Movió hacia atrás la cabeza, permitiendo que la capucha cayese y desvelase su cabeza -Malmagor Retlaetti, Futuro señor de Cormyr.

Él se honraba al decir aquel título. Se sentía grande, pese a que sabía que su figura en Cormyr solo representaría algo mas grande ¿Que mas daba? Él se pensaba importante. Las facciones de su rostro eran extrañas. Era claramente hume, eso era obvio. Aunque su faz tenía rasgos afilados, cosa que podría dar a pensar erroneamente en una ascendencia Elezen. De cualquier forma sus orejas le delataban. Sus ojos brillaban en la noche cómo dos luceros plateados, iluminando un rostro joven, pero cansado. Aparentaba los treinta y pico con facilidad, cuando no tenía ni 25. El cabello, completamente negro, lucía peinado hacia atrás y afeitado por los lados, dandole una apariencia solemne al hombre, que de por si ya mantenía el porte del noble que era.

-¿Tu de nuevo, señor feudal?- Bufó el Elezen. Probablemente no fuese la primera guardia en la que se lo encontrase, aunque a él no le sonase de nada. No solía prestar mucha atención a gente sin importancia cómo esa. -No creo que a Derunadel le vaya a resultar del todo agradable saber de tu llegada.
-Precisamente a ella vengo a ver- Y solo el decir esta frase le provocó una sonrisa socarrona.

El Elezen no necesitó oir más.

No muy lejos de allí, una mujer Elezen acunaba en sus brazos a una pequeña niña de apenas unos meses de edad. Algo había despertado a la niña y la había hecho romper en llanto. Era una niña preciosa. Al ser de ascendencia Elezen sus orejitas afiladas aparecían junto a una cortita cabellera plateada. Unos ojos igual de plateados relucían en la parte posterior de su cabeza. La mujer suspiró. Aquella era la primera vez que uno de sus hijos llegaba a abrir tanto los ojos.

Alguien picó la puerta un total de tres veces con mucha fuerza, haciendo retumbar la misma estructura de la casa. A la Elezen casi le da un vuelco al corazón. Lo último que esperaba era que alguien a esas horas se pusiese a llamar ¿Quien podría ser? Miró a la niña, y una helada gota de sudor le recorrió el mentón. Ojala solo fuese un vecino.

Pero al abrir la puerta comprobó que no, no lo era. Allí, apoyado en una de las columnas con grabados élficos de la entrada, un hombre alto y fuerte al que ya conocía muy bien. Alguien a quien amaba, pero la última persona a la que hubiese querido ver en ese momento. Su pelo de color negro azabache peinado hacia atrás, sus ojos plateados relampagueando con la fuerza de una tormenta en la oscuridad de la noche.
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Re: El Fuego del Fénix

Mensaje por Kelsa el Jue Nov 27, 2014 11:26 am



Ep.2- Moneda de Plata

-Malmagor...- Murmuró la joven Elezen, retrocediendo unos pasitos. Un movimiento claramente estúpido. Lo último que quería era que ese hombre entrase en su casa.

Los ojos plateados del hombre la sondearon en la noche. Fue una mirada firme. Un simple atisbo al cuerpo de la joven Elezen. Ella, ya acostumbrada a su forma de ser, sabía que detras de la forma de ser tosca y bruta del hombre se encontraba lo que, para ella, era un buen corazón. Pero era el señor de las tierras humes de Cormyr, mas al sur. Tenía que mantener la entereza ante toda situación. Supongo que ya lo habreis notado. La chica en cuestión estaba completamente enamorada de aquel Hume. Aquel hombre, el padre de su recien nacida hija. Para ella, cualquier cosa que hiciese aquel hombre estaba bien. Nada podría turbar la magnificiencia con la que lo veía.

Nada, nisiquiera lo que, en el fondo de su corazón, que se negaba a aquel hecho, sabía que iba a ver esa noche. Y es que tampoco era la primera noche en la que presenciaba un espectáculo así. Y es que en aquellos torridos romances llevaban ya varios años. Se engañaba a si misma diciendose que era lo mejor, que hacía todo aquello por no hacerle daño a su amado, que de verdad lo quería.. Quisiese que hubiese abierto los ojos de una vez y visto el monstruo con el que se estaba acostando. Fuere cómo fuese, no es que Gaia fuese, al menos en una zona tan pobre y religiosa cómo la elfería de Agarwaen, un lugar en el que abundasen los métodos anticonceptivos. Ademas, Malmagor era un hombre fuerte y recio, de buena familia, no iba a tomarse las contemplaciones de usar preservativo con una "Zorrita de orejas picudas"

Ella intentó abrazarle de forma cariñosa. A decir verdad era una forma de saludar demasiado cariñosa. Los Elezen, por regla general, tendemos a ser mucho más ariscos y recatados, no es normal ver a un Elezen dando abracitos al primero que se le cruza. No obstante, el abrazo no llegó a realizarse, pues Malmagor, tan pronto cómo la chica intentó rodearle con sus estilizados brazos, la echó a un lado de un suave empujón que la hizo perder el equilibrio y caer de culo contra la puerta de entrada que acababa de abrir para permitirle el paso. El hombre entró con brutalidad, buscando lo que ambos sabían que venía a buscar.

Tampoco es que fuese a resultarle muy dificil encontrarlo. La niña, acostada en la cunita que el carpintero del poblado había construido con la madera de la parte baja de uno de los fresnos de la arboleda, lloraba de forma escandalosa. Ya la había oido desde fuera y al entrar fue directamente a la cuna. La niña era fruto de un tórrido y apasionado encuentro con aquella Elezen. Por no decir que practicamente la forzó un día que se encontraba de diplomático en Agarwaen, con su mujer lejos y con unas ganas increibles de desfogarse ¿Que mas dará? Aquella puta nunca diría nada, por su bien. Se encontraba arropadita bajo varias capas de mantas rosadas y azules, constituidas por tela con tejidos característicos de los pueblos élfos. Pero él no veía una niña, no veía a su hija. Ya tenía una, y un segundo en proceso. Lo que veía era un problema.

No es que los hijos bastardos estuviesen muy bien vistos. Ya se sabe lo que se dice. La progenia de puertas para adentro. Ademas, proveniendo de una familia con un régimen dirigido por ancianos cómo eran los Rétlaetti, si los sabios que constituían el tribunal de esta se enteraban de que tenía hijos mestizos rondando por la arboleda las consecuencias para su estatus social, o incluso dentro de la propia familia, podrían ser terribles. Y creedme, el valiente Malmagor Rétlaetti, el guerrero maestro capaz de tumbar con el siempre afilado filo de su espada a todo aquel que se le ponga por delante, es una rata cobarde cuando lo que peligra es su rango social.

-Ya pensé que no vendrías..- Era verdad. El hombre cada vez tardaba mas en venir cuando la chica tenía un hijo suyo. Dos meses habían pasado desde que aquella pequeña naciese.
-Eso es lo que hubieses querido, Alshia- Sentenció de una forma simple e impasible. Y tenía razón. -He estado ocupado. ¿De verdad creías que iba a olvidar que tengo un hijo impuro suelto por el bosque?

Para él, la niña que tenía ante él era solo una salvaje. Una Elezen más.

Con violencia arrancó las sábanas que arropaban a la niña. Esta estaba hecha una bolita. Su pelo plateado y corto apenas tenía uno o dos centímetros, caía haciendo remolinos. La niña estaba vestida con ropajes verdes, del mismo tejido con el que estaba confeccionada la mantita que la tapaba. Tenía los ojos cerrados, y lloraba. Lloraba de forma escandalosa. El hombre, aparentemente irritado, se llevó una mano al cinturón, donde reposaba una daga previamente enfundada en cuero. Era un cuchillo con varios años a sus espaldas, pero que seguía manteniendose tan afilado cómo siempre. Malmagor levantó la mano, dispuesto a ejecutar su acción, mientras la chica Elezen se lanzaba hacia él para intentar detenerle. Sabía, no en balde, que era en vano, y que si intentaba pararle con demasiada insistencia ella también acabaría apuñalada. Es lo que había pasado las otras veces.

Pero ese no era el caso. Algo turbó al implacable Malmagor. Cuando Alshia se lanzó sobre él, ella esperaba que la lanzase hacia un lado de un empujón aún mas agresivo que el que le había lanzado la primera vez, y que, con un solo movimiento de muñeca ensartase a su bebé cómo si fuese un cochinillo, matando así tambien un pedazo de su corazón. Pero el hombre no se movió. Permaneció allí, de pie, mirando fijamente a la niña en la cuna, con el cuchillo en algo. Al chocar contra el fornido cuerpo de su amante, Alshia no pudo tan siquiera hacerlo tambalearse. Pero no hizo falta. Malmagor no llegó a dar el golpe. Algo pasaba y Alshia siguió la mirada de su amante hasta donde la hija que tenían en común yacía.

Y allí se encontró con algo que nunca hubiese dicho que pudiese pasar. Algo insólito. La niña había dejado de llorar subitamente cuando su padre sacó la daga y había abierto sus ojillos plateados, posandolos de forma natural en los del hombre. Un cruce de ojos del color de monedas de plata. Algo se cruzó en ese momento dentro de la cabeza de Malmagor. Su hija mayor había heredado los ojos rojos de su madre, y ver en los plateados de aquella bastarda el reflejo de los suyos le hizo conmoverse. Intentó hacer avanzar la daga. Intentó atravesarla de parte a parte ahora que podía. Pero era imposible. Algo se lo impedía. Y con ello, el arma cayó al suelo.

Malmagor suspiró profundamente. Fué un suspiro pesado, ronco. No iba a derrumbarse y a llorar, eso estaba claro. Pero ambos sabían que aquel hombre estaba en las últimas. No esperaba encontrarse con eso, que lo había derrumbado emocionalmente hablando. Apoyó las manos en las sienes. No entendía que le pasaba. Y sin embargo se vió en la necesidad de hacer una pregunta.

-¿Cómo se llama?- Aquello dejó un poco desconcertada a la Elezen -¿Le has puesto nombre?
-Bueno.. Sabes que no me gusta bautizarlos.. Es pillarles cariño.- La chica bajó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas -Pero los sabios de Agarwaen siempre insisten en que un niño sin nombre no irá al Valhalla. La llamé Annúmea. Annúmea Derunadell.
-Bien. Quitaté esa idea de la cabeza.- Alshia no entendía -A partir de ahora será Kelsa. Kelsa Rétlaetti- Se dió un golpe en el pecho -Mi hija.

En ese momento supo que no podía matarla. Supo que no podía matarme.
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