La Senda de un Caballero

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La Senda de un Caballero

Mensaje por Rhoe Crebalt el Mar Nov 04, 2014 5:44 pm

LA SENDA DE UN CABALLERO


PRÓLOGO:

¿Qué es más importante? ¿El pasado, el presente o el futuro? No es pregunta baladí. Aunque de entrada lo parezca. De hecho, de entrada me lo parecía. Cuando mi querida hermana me hizo esa pregunta la primera vez, no la tomé en serio. No recuerdo que la respondí, pero seguro que fue una soberana estupidez. Pero ahora, con cierta perspectiva adquirida, puedo ver que esa pregunta tan “metafísica” puede llegar a marcar toda una vida.

Hay quien vive para el presente. Esos son los que viven el instante, sin importar las consecuencias a medio o largo plazo. Ni tan poco importarles todo lo que dejan atrás. Creo que todos somos así alguna que otra vez. Más cuando somos niños, seres despreocupados que piensan que todo les viene dado y que sólo sueñan con jugar y divertirse todo el rato. Pero cuando maduramos, descubrimos que es imposible vivir sólo pensando en el aquí y ahora.

Luego tenemos el pasado. El pasado nos define. Somos quienes nos han creado. Somos lo que hemos creado. Nuestras acciones pasadas hablan por nosotros y marcan nuestro horizonte. El pasado interpela a nuestra identidad. El futuro, en cambio, interpela a nuestra voluntad. No a lo que somos, sino a lo que queremos ser. Es aquello que queremos crear, aquello que queremos hacer, aquello por lo que queremos ser recordados. El futuro es nuestro miedo, y nuestra esperanza. Es un sueño, y a la vez, una pesadilla.

No somos nada sin el pasado y el futuro. Pero volviendo a la pregunta inicial ¿Cuál es la más importante de las dos? De esto va esta historia, de la relación entre ambas cosas y como se relacionan la una con la otra.

¡Por todos los Fal Ciel! Después de releer este prólogo, siento que me ha salido algo completamente pedante ¡¿En qué me has convertido, Rossa?! ¡Yo no soy así! ¡Creedme! ¡Soy normal! Todo lo normal que puede ser un paladín, claro está… Admito que mi vida no es muy normal, pero vamos, tampoco excesivamente anormal. Vamos, no he salvado el mundo de un ejército maligno o un monstruo infernal, o al menos, no aun. Pero no es la típica vida tranquila que más de uno aspira o desea. Bueno, al grano, que esta introducción está durando demasiado y no he dicho aun nada de nada. Estimados lectores ¡está es la historia de Rhoe Crebalt, hijo del gran caballero paladín Sir Ressu Crebalt!


Última edición por Rhoe Crebalt el Dom Nov 23, 2014 10:39 am, editado 1 vez
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Re: La Senda de un Caballero

Mensaje por Rhoe Crebalt el Mar Nov 04, 2014 5:51 pm

Capítulo 1: Mi primer recuerdo.

Yo soy de esas personas arcaicas que consideran que las buenas historias hay que empezarlas por el principio. Y eso es lo que voy a hacer con esta en concreto. Sea por la razón que sea, desde siempre he tenido una buena memoria, incluso para cosas bastante insignificantes. Por ello, no me cuesta remontarme a cuando era un puberto para narrar el comienzo de esta bonita narración.

Mi primer recuerdo fue cuando tenía cuatro años, en 1066. No es que no tuviera recuerdos de antes, pero este es el primer recuerdo sólido, del que puedo hablar con cierto grado de certeza. Todo lo de antes, no son más que imágenes vagas, ideas inconexas y hechos sueltos que carecen de toda relevancia. El caso es que en mi primer recuerdo me encontraba en mi pequeña habitación, en casa de la tía Lilia, en Lindblum. Suelo de madera, paredes de yeso, un armario demasiado grande para mí y una cama. Sí, una cama. Ya era lo suficientemente mayor para usar una cama. Con cuatro años, no era necesario que durmiera en una cuna. No como mi hermanita, que en aquel entonces sólo tenía un año y la podía escuchar llorando en su habitación. Normalmente mi madre iría corriendo a consolarla y hacerla callar, pero esa vez no lo hizo, sino que se quedó conmigo.

Estaba justo enfrente de mí, hermosa como siempre. No es porque sea mi madre, pero he de confesar que es realmente guapa. Es bastante alta, más de lo que suele ser una mujer hume de su edad. Tiene una larga melena rojiza, algo que parece ser que he heredado de ella, aunque mi pelo no es tan largo. En cambio, sus ojos son rojo intenso, al contrario que los míos, que son verdes por venir de mi padre. Es esbelta y bastante estilizada. Cualquiera que la mirara pensaría que no es una guerrera sino una modelo.

Pero sí que es una guerrera, y una bastante fuerte. Tiene una apariencia delicada, aun con armadura, pero como te descuides, puede darte más que un simple par de azotes. Es toda una Caballera Dragón, de esas que utilizan lanzas, pueden saltar decenas de metros de altura sin problemas y se rumorea que pilotaban dragones en el pasado. Normalmente, es alguien alegre y pacífica. Pero si la haces enfadar, conocerás de primera mano la ira de los dragones. Su nombre es Rhea Ogard, y estoy muy orgulloso de ella.

Bueno, al grano. El caso es que mi madre estaba apoyando una rodilla en el suelo, con el fin de acercar su cara a la mía. Yo era todavía un renacuajo en pijama, aunque ya era alto para alguien de mi edad, pero aun así y de pie, no llegaba a la cabeza de mi madre. Por eso mismo, tenía que levantar la mirada para poder mirarla a los ojos. Aunque eso me costaba, porque perdía la concentración mirando la pluma que llevaba en el pelo. Era una pluma blanca grisácea, y en aquel momento no sabía de qué pájaro era, pero le sentaba bien.

-¿Vajalla? ¿Qué es eso?-pregunté a mi madre desde mi más honda y pura inocencia.
-No, Vajalla no. Valhalla. Val-hal-la. Repite conmigo. Val-hal-la.-me animó ella con una alegre y dulce sonrisa en su cara.
-Vaj… no. Vall… no… Val-ha-ja… hmmm Val-ha-la Valhalla ¡Valhalla! ¿Lo he dicho bien, mamí?-pregunté entusiasmado exhausto de un esfuerzo para mí titánico por aquella época.
-¡Muy bien, cariño!-respondió con una amplísima sonrisa mi madre, para luego darme un cándido beso en la frente como recompensa por el éxito de tan loable empresa.
-¿Papi está en Valhalla?-pregunté seguidamente, justo de recibir aquel beso maternal.
-Sí, cariño. Papá está allí. Hace tres días que se ha ido…-Incluso yo noté por aquel entonces que a mi madre le costaba hablar, pero en aquel momento creí que era porque ella también se había topado con otra palabra difícil de pronunciar. Era demasiado joven para darme cuenta de que las emociones contenidas era lo que le hacía difícil pronunciar palabra.
-¿Y va a volver pronto? Le echo de menos.-pregunté mientras me metía un dedo en la boca. Ahora apenas tengo recuerdos de mi padre, pero algo me dice que de crio era todo un niño de papá.

Lo normal es que en aquel entonces mi madre me reprimiera suavemente por meter mi dedo allí, pero esa vez lo dejó pasar. Sin duda, algo grave pasaba.

-No cariño, no va a volver… Nadie vuelve del Valhalla…-respondió mi madre tras unos segundos. Trataba de mantener su sonrisa, pero era cada vez más evidente que le costaba más y más.
-¿Y eso por qué?-Todos los niños preguntamos por qué, y desde luego, esa vez no iba a ser una excepción. Mi madre tuvo que soltar un leve suspiro antes de responder.
-El Valhalla… es un sitio sagrado, cariño. Es un sitio maravilloso, lleno de luz, lleno de amor, lleno de felicidad. No hay sitio mejor en el mundo entero. Pero una vez que entras, no puedes salir… Nunca más…
-¡Pues vamos nosotros! Así todos estaremos en ese sitio tan guay y con papá.-respondí siguiendo un simple razonamiento lógico, sin entender todavía qué era lo que realmente quería decirme mi madre.
-Claro, mi amor. Iremos allí. Todos vamos al Valhalla, tarde o temprano. Pero hoy no, ni mañana. Todavía no estamos… listos…-Era obvio que mi madre no sabía que palabras debía utilizar, pero se esforzaba al máximo para que comprendiera la situación.-Rhoe, mi cielo, a partir de ahora tienes que ser fuerte. Tienes que serlo por ti y por tu hermana. Ahora papá no está, así que eres el hombre de la familia. Debes… debes cuidar de tu hermana. Yo cuidaré de ambos, y no os abandonaré. Lo prometo.-e inmediatamente me abrazó con fuerza, con tanta que casi me dejó sin respiración. No podía verla la cara, pero sentía que por fin había empezado a llorar.

Eso me dejó más sorprendido que todo lo que me había dicho antes. Mi madre llorando, eso era rarísimo. Mi madre era una caballera dragón, fuerte y orgullosa. Nunca se permitía el lujo de mostrar su debilidad. Jamás en mi vida recuerdo haberla visto llorando, jamás salvo en aquel primer y único momento de mis memorias.

¡No tiene sentido, no tiene ningún sentido! ¿Por qué papá se había ido? ¿Por qué no podía volver? ¿Por qué no podíamos estar todos juntos? ¿Por qué mamá estaba triste hasta el punto de llorar? ¿Qué significaba ser el hombre de la familia? ¿Por qué me tocaba cuidar de la llorona de mi hermana? Qué ingenuo era. Aunque no se me podía culpar, tenía sólo cuatro años. Quería la respuesta a todas esas preguntas, pero cuando mi madre mi abrazó sentí que debía callarme. Que no debía hacer más preguntas, ahora no. No entendía qué quería decir mi madre con que debía ser fuerte, pero sentía que significara lo que significara, empezaba por callarme, por muchas preguntas que tuviera en la cabeza. Callarme y abrazar a mi madre con todas mis fuerzas.


Última edición por Rhoe Crebalt el Dom Nov 23, 2014 10:42 am, editado 1 vez
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Re: La Senda de un Caballero

Mensaje por Rhoe Crebalt el Dom Nov 09, 2014 4:56 pm

Capítulo 2: Ser un héroe.

El puñetazo que recibí fue suficiente como para tirarme al suelo. Adios a mi último diente de leche. El dolor era insoportable, y tenía ganas de llorar y gritar. Pero no lo hice. En vez de eso, me levanté del suelo y encaré al grupo de tres matones liderado por Brutus, un chaval obeso de último curso que se creía el dueño del colegio.

Ahí estaba yo, con los ocho años recién cumplidos, encarándome al niño más fuerte del colegio, cuatro años más grande que yo y sus dos siniestros compinches. Aunque de sus compinches no tenía nada que temer. Mas que nada porque Brutus se bastaba y sobraba para darme una buena paliza.

Dos segundos después de levantarme, Brutus me empujó con escaso esfuerzo y caí al suelo. Pero no me resigné y me volví a levantar. No me iba a rendir tan fácilmente.

-¡Basta, kupo! ¡No tienes por qué hacer esto, kupopó! ¡Huye!-me gritaba detrás de mí un asustado moguri de mi edad, tirándome de la pernera de mi pantalón para que dejase de encarar a esa bola de grasa sin cerebro.
-¡Ni hablar! ¡Un héroe no huye! ¡Un héroe no abandona a sus amigos! ¡Un héroe lucha!-respondí, antes de recibir un puñetazo en el estómago y caer al suelo sin aliento.
-¡Jua, ja, ja! ¿Le habéis oído, chicos? Aquí el amiguito de la rata peluda se cree un héroe ¿No es eso divertido? ¡Jua ja ja!-rió Brutus, y sus amigotes rieron a coro con él de una forma gutural y repugnante.

¿El motivo de la pelea? Estaba en el recreo jugando a la pelota con otros compañeros de clase cuando dicha pelota se fue fuera del campo y tuve que ir a buscarla. Llegué a un rincón del patio y entonces vi como Brutus y compañía le estaban sisando el dinero del almuerzo a mi amigo Mogels. Esa masa amorfa siempre la tenía tomada con los que eran de otra raza, especialmente si tenían una apariencia débil, y eso convertía a Mogels en un blanco perfecto para él. Así que decidí que ya estaba bien de tanta impunidad, y salí al paso de ese rufián, aunque fuera armado sólo con mis puños y una ciega determinación ¿El resultado? Creo que me logró tirar al suelo diez veces en menos de cinco minutos. Y aun así me levantaba.

-¡Soy Rhoe Crebalt, hijo del legendario paladín Ressu Crebalt! ¡Mi sangre es la de un protector de la justicia! ¡Los malos como tú no me detendrán jamás!-grité con los puños cerrados mientras me lanzaba al ataque otra vez. Brutus simplemente me esquivó y volvió a tirarme al suelo.

Ya tenía varios chichones y arañazos por mi cuerpo, y la sangre me salía por donde antes tenía una muela. Aun así no me rendía. Tenía que estar a la altura del nombre que había heredado ¡Mi padre era un héroe! ¡Mi madre era una gran guerrera! ¡Yo no podía ser menos que ellos dos! Me levanté y encaré a Brutus otra vez. Pero él no me tiró al suelo, sino que se quedó pensativo unos instantes.

-Ressu Crebalt… Ese nombre me suena ¡Ah sí! Mi padre me habló de él.-dijo como si se acordara de algo, y una sonrisa malévola asomó en su rostro.-¿Un héroe tu padre? ¡Eso sí que es divertido! ¡Tu padre no fue más que un criminal! ¡Un bandido! ¡Un ladrón!
-¡Retira eso, malandrín!-exclamé ofendido ante aquel insulto a mi amado padre.
-¡Para, kupo! ¡No puedes ganar, kupo! ¡Huye!-me gritaba Mogels, pero la ira me hacía ignorarlo por completo.
-Es cierto. Mi padre trabaja en la policía. La cabeza de tu padre tenía precio, estuvo entre los más buscados.-respondió cruelmente y sin piedad el matón.-Aunque nadie cobró la recompensa. Ya que en vez de ser capturado, el muy cobarde se suicidó ¡Menudo héroe era tu padre! ¡Jua ja ja!

Brutus rió con gran placer y sus compinches volvieron a acompañarlo. Yo estaba rojo de ira. Podía aguantar el dolor, pero aquellas palabras no las podía soportar. Volví a la carga con más rabia que nunca, dispuesto a todo. Mi determinación era total. Uní todas las energías que me quedaban en un solo golpe demoledor.

Brutus esquivó el golpe y volvió a tirarme al suelo sin parar de reír. Esta vez ya ni me dejó levantarme, sino que empezó a pegarme patadas en el estómago. Intenté levantarme, pero era imposible. Había agotado todas mis fueras, había perdido. Estaba completamente a su merced.

-¡Vosotros! ¡Parad de una vez!-gritó alguien. Su voz sonaba lejana pero se acercaba rápidamente. Y lo más importante, era la voz de un adulto ¡Era un profesor! ¡Estaba salvado!

A partir de ahí, todo se sucedió muy rápido. El profesor me llevó a la enfermería mientras enviaba al resto al despacho del director. La doctora de la enfermería me aplicó unos cuantos ungüentos en las heridas y tuve la suerte de probar mi primera poción (¡qué amarga, por los dioses!). Tratado de los golpes más graves, fui enviado al mismo despacho del director. Allí Mogels había ya contado básicamente todo lo que había ocurrido, y el director había llamado a los padres de Brutus para explicarles el comportamiento ejemplar de su hijo. Y el director también llamó a mi tío.

Xel Troipo. Así se llama mi tío. Marido de Lilia Ogard, la cual es hermana de mi madre, Rhea Ogard. Residimos en su casa, más que nada porque papá no está y mamá no tiene mucho tiempo libre debido a sus constantes viajes en pos de aventuras. Sí, mi madre estuvo un tiempo de luto tras la muerte de mi padre en la que se quedó cuidándonos, pero a año o así, el deseo de enfrentarse al mundo le venció y salió a hacer leyenda. Cualquiera al leer esto podría pensar que mi madre es toda una irresponsable, pero nada más lejos de la verdad. Porque nos dejó al cuidado de su hermana y cuñado, quienes son gente bastante más estable y estuvieron entusiasmados de acogernos, debido sobre todo a que no podían tener hijos pese a haberlo intentado mil veces.

El tío Xel también es un guerrero. Está al servicio de la Iglesia del Dogma y suele encargarse de velar por la ciudad de Lindblum, así que rarísima vez sale fuera. Eso le permite cumplir con su labor de cuidarnos cuando termina sus horas de servicio. Le tengo mucho respeto y le admiro, casi tanto como a mi padre.

Pero aquel día más que admiración, me producía temor. Ahí estaba mi tío llegó, vestido de uniforme con su flamante armadura. Hombre de algo más de treinta, no muy alto pero bastante fornido, con pelo negro y bigote. El director le explicó todo lo que había pasado, no pareció nada contento. Mi tío le echó la bronca al director por no haber vigilado más atentamente y haber previsto el incidente. Pidió que se castigara severamente al tal Brutus, y que no se volviera a acercar a ningún crío de mi edad más. El director pidió permiso para que yo me fuera aquel día antes de que terminara las clases. El director, para evitarse más problemas accedió y apenas me dio tiempo de despedirme de Mogels antes de ser arrastrado por mi propio tío fuera del despacho y del mismo colegio.

Al principio, el andar de mi tío era bastante rápido y me costaba seguirlo. Pero al estar ya lejos del colegio empezó a frenarse hasta ir a un ritmo aceptable pero sin llegar a detenerse. Le miré de costado, y pude observar que tenía el ceño completamente fruncido. Tragué saliva. Si contra Brutus había mostrado un gran valor, aquí estaba temblando como un corderito.

-Dime Rhoe ¿Por qué lo has hecho? Sabes que no me gustan las peleas.-su tono de voz era neutro, lo cual sólo servía para asustarme más.

Eso era cierto. Incluso los más ridículos berrinches que podría tener con mi hermana de cuatro años eran rápidamente cortados por mi tío, y por ello no solía meterme en líos de ningún tipo. Pero aquella vez, y pese al miedo que sentía, me vi obligado a defenderme.

-Mi amigo estaba sufriendo una paliza ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarme mirando sin más?-protesté con fuerza, intentando de esa manera superar la opresión que la dura mirada de mi tío infligía dentro de mí.-¿No se dice que eso es lo que consiste en ser un paladín, un héroe? ¿Luchar por los demás? ¿No es luchar lo que debería haber hecho, aunque no guste?

Mi tío escuchó las palabras y suavizó algo su rostro. Pero muy poco. Podía ver que no estaba nada convencido con mi respuesta. Casi me caí de lo mucho que temblaban mis piernas mientras caminaba.

-Eres un niño, no un paladín. Ser un paladín no es un juego.-respondió en el mismo tono neutro que una vez más me hizo tragar saliva.-Los paladines no pelean a menos que sea estrictamente necesario ¿Hiciste algo para detener la pelea sin meterte en medio de ella, Rhoe?
-Yo… ¿Qué podía hacer? ¿Hablar con Brutus? No me iba a escuchar.
-Quien sabe ¿Lo intentaste?
-No.-Admití.-Pero…
-Nada de peros. Y si de verdad creías que hablar no serviría de nada ¿Por qué no fuiste a llamar a un profesor en vez de meterte en la pelea?

“¿Y ser un chivato?” iba a protestar. Pero me callé antes de pronunciar una sola sílaba de aquella frase. Bien sabía que esa línea de argumentación no iba a ayudarme sino todo lo contrario. Mi tío continuó:

-¿Quieres jugar a ser un héroe? Adelante, hazlo. Pero antes tienes que aprender una cosa. Sí hay pocos héroes en el mundo es porque la mayoría mueren antes de ser reconocidos. Y la mayoría de ellos mueren por no usar la cabeza y creerse mejor de lo que son. Tenlo en cuenta.-me adoctrinó mi tío, de una manera fría y contundente pero que no podía negar.
-Lo siento, tío. No lo volveré a hacer. La próxima vez pensaré antes de actuar.-me disculpé con la cabeza gacha y avergonzado. Esta vez mi tío parecía ya suavizar plenamente su rostro al ver y escuchar mi sincera disculpa y asintió con la cabeza satisfecho.-Por cierto, tío ¿Qué es un “suicidio”?

Mi tío se detuvo de golpe. Estaba claro que no se esperaba esa pregunta. Pero no pude evitar soltarla aun a pesar de que el momento no era el más adecuado. Desde que Brutus dijera eso de mi padre le había dado vueltas a la cabeza una y otra vez, sin comprenderlo muy bien. Mi tío Xel meditó un par de segundos y respondió:

-Suicidio es matarse a sí mismo por decisión propia, Rhoe.

“Matarse a sí mismo”. “Matarse a sí mismo”. “Matarse a sí mismo”. “Suicidio es matarse a sí mismo por decisión propia, Rhoe”. “Matarse a sí mismo”. “Matarse a sí mismo”. Aunque sólo tenía siete años, ya conocía la muerte. La muerte era lo que había hecho que mi padre ya no estuviera con nosotros. Y si Brutus tenía razón, ahora resultaba que mi padre, al que tanto admiraba, nos había dejado por voluntad propia. Me quedé sin respiración.

-El suicidio es un pecado muy grave. El pecado más grave que existe. La vida es un regalo de los Fal’Cie. Despreciarla es despreciarlos a ellos. Nunca lo olvides.-mi tío empezó a caminar sin previo aviso y tuve que echar casi a correr para alcanzarlo.
-No lo olvidaré… Pero ¿y papá se suicidó?-pregunté ansioso por saber si las palabras que había dicho Brutus eran ciertas.
-¡¿Quién te ha dicho eso?!-gritó furioso de repente. Me asusté hasta tal punto que por un momento pensé que me había hecho pis encima, aunque por suerte para mis pantalones no fue así. Al ver mi reacción, se calmó un poco y respiró muy profundamente.-Sabía que este momento llegaría, pero no esperé que fuera ahora. Sí, tu padre se suicidó, Rhoe.

Me quedé ahí parado de repente, enfrente de mi tío, en lo que fueron incontables segundos. Mi joven mente de siete años todavía no era capaz de asimilar eso. Conocía la muerte, y por tanto sabía que aquello era horrible. Era lo que me había separado de mi padre para siempre ¿Cómo era posible que alguien escogiera eso? La muerte es mala, muy mala ¿Quién podría escogerla? ¡¿Y encima mi padre?! ¡Mi padre, al que tanto idolatraba! Mi madre me había contado historias suyas antes de acostarme ¡Era un paladín! ¡Un héroe! ¡Un auténtico luchador de la justicia! ¿Pero qué clase de hombre que defiende la justicia acaba matándose a sí mismo? ¡No tiene sentido, ningún sentido!

Mi cabeza me daba vueltas. No me di cuenta en ese instante, pero mis puños estaban apretados y mis ojos completamente cerrados. Mi tío se acercó a mí en silencio, apoyando sus manos sobre mis hombros en gesto tranquilizador. No sé si solté alguna lágrima. Lo que sí sé es que no pude evitarlo. No podía callarme.

Hace tres años, si pude hacerlo. Pude callarme cuando mi madre me dijo que mi padre estaba en el Valhala. Pude contener todas las preguntas que surgieron dentro de mí, porque mi corazón dictaba que no debía hacerlo. Pero allí ya no podía aguantar más. Al final, tras no se cuanto tiempo, abrí los ojos y miré al tío Xel directamente a la cara.

-¿Por qué, tío?-pregunté con apenas un susurro, con la voz algo ronca, pero que mi tío pudo escuchar a la total perfección.-¿Por qué papá se suicidó?

Mi tío se mordió el labio durante un segundo. Su mirada me decía que sabía que yo iba a preguntar eso, pero que no hacía más doloroso responder. Una parte de mí se sintió mal por haber preguntado, pero otra parte de mí quería respuestas. Y mi tío respondió.

-Lo siento, Rhoe. Aunque pudiera responderte, eres demasiado joven para comprender muchas de las acciones que hacemos los adultos.-fue la respuesta, una que no me dejó nada satisfecho. Pero antes de que pudiera protestar, mi tío continuó.-Tu padre y yo estábamos en desacuerdo en muchas cosas, y discutíamos mucho. Pero hay dos cosas que te puedo decir con total seguridad por mi parte. Tu padre era un auténtico paladín de pies a cabeza. Y que os quería a tu madre, tu hermana y tú con todas sus fuerzas. No olvides eso, Rhoe. Nunca lo olvides.

Volví a cerrar la boca. Todavía quería saber por qué mi padre se había dado muerte. Pero confiaba plenamente en mi tío. Y si él me decía que mi padre me amaba, es que era verdad. Y eso era suficiente para calmarme en aquella situación.

-Nunca lo olvidaré, tío Xel.-respondí ya con mayor firmeza en mi voz. Al escucharme, mi tío me cogió de la mano y seguimos caminando ya con normalidad, mucho más relajados los dos. Mi tío se volvió hacia mí ya con una alegre sonrisa, volviendo a ser el mismo tío amable de siempre. Sabía que no me iba a librar del castigo al llegar a casa por lo de la pelea, pero al menos ahora ya no tenía miedo.


Última edición por Rhoe Crebalt el Dom Nov 23, 2014 10:52 am, editado 2 veces
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Re: La Senda de un Caballero

Mensaje por Rhoe Crebalt el Sáb Nov 22, 2014 3:00 pm

Capítulo 3: Escondite, cartas y detectives.

Eran las cinco de la tarde. Me encontraba en mi no my ordenada habitación, releyendo tumbado sobre mi cama el último comic que había salido sobre el Legendario Detective Bangaa Nanco, y sus sorprendentes casos, obras excelentes y muy populares entre los niños de diez años como yo. En mi casa no había televisión, ya que tío Xel era miembro de la Iglesia y consideraba esos trastos como artilugios malévolos que comían el cerebro y nos apartaban de la Fe. Sé que eso era una exageración, pero tampoco lo consideraba un problema grave para matar mis tiempos libres, ya que me había aficionado bastante a la lectura. Principalmente comics, pero también empezaba a leer libros cada vez mas serios y profundos, principalmente de novela de misterio y detective. Me gustan los libros que me obligan a pensar.

-¡Rhoe, cariño! ¡Baja! ¡Mogels ha llegado!-me llamó la tía Lilia desde el piso de abajo, con su potente voz que podía atravesar kilómetros enteros.

Me levanté raudo, habiendo esperado la llegada de Mogles ya un buen rato. Dejé el comic encima de la estantería junto con el resto de mi colección, sorteé un montón de trastos y juguetes que tenía por el suelo desordenados de cualquier manera, me aseguré que el hilo que ataba la cama con mi silla estuviera bien atado, las cintas de papel fino colocada entre los distintos cajones de mi escritorio y cerré la puerta colocando otro fino papel atascado en el dorso de la misma a suficiente altura. Toda precaución es poca.

Acto seguido, bajé las escaleras y atravesé el pasillo que llevaba a la entrada de la casa. Entrada que al mismo tiempo era la tienda en la que trabajaba la tía Lilia, y actualmente estaba trabajando. La tienda era un boticario. Pociones, éteres, elixires, y demás objetos que todo buen aventurero que se precie no puede salir sin ellos. En estos tiempos oscuros, negocios como el de mi tía son muy necesarios. Aunque no sólo vende objetos para guerreros, sino también objetos medicinales y cosméticos de todo tipo.

Ahí estaba mi tía, detrás del mostrador, ordenando algunos de los potingues que hay en una estantería a la vez que esperaba que alguien entrara por la puerta para comprar. Mi tía era una mujer bajita, al igual que mi hermana, pero no por ello menos hermosa, de cuerpo bien balanceado y sobretodo un abultado escote que no insta a disimular. La tía me decía a veces que en negocios de cara al público eso era un mal necesario. También le gustaba maquillarse los mofletes y ponerse sombra de ojos, por gusto personal. Y lo más curioso de todo, cada día se teñía el pelo de un color distinto. Mi tía es pelirroja como mi madre y yo, con dos coletas a modo de colegiala. Pero hace tiempo creó una especie de tinte, patentado por ella, y que se ha hecho bastante famoso. Ella misma le encanta utilizarlo sobre sí, y cada día lo lleva de un color diferente. Hoy tocaba verde. Alguna vez me ha propuesto a mí si me apetecía teñirme el mío, pero seguí el consejo de mi madre y me negué. Según mi madre, lo probó en el pasado una sola vez y se arrepintió bastante, porque es bastante engorroso y pica al principio, y tampoco merecía la pena. La única ventaja que tenía, según mi madre, era lo fácil de quitar que era.

En la tienda, además de mi la tía Lilia, había dos personas. Sentada en un taburete se encontraba la renacuaja, pintando con colorines. Ella era bajita, de pelo plateado con dos rulos en forma de taladro y ojos dorados y era mi hermana. Sé que el pelo plateado le viene de mi padre, y los ojos de mi abuela materna. Sí, era mi hermana, y cuando nos vimos, ambos nos hicimos muecas de burla. Nos llevábamos bien, a nuestra manera.

La otra persona era un joven moguri rosado, que revoloteaba impaciente esperando mi llegada. Era Mogels, mi mejor amigo. Un moguri nervioso y algo falto de autoestima, pero muy honesto y alguien completamente de fiar. Creedme, ese tipo de cosas era bien rara entre seres púberes como nosotros.

-¡Rhoe, kupo! ¡Lamento llegar tarde, kupo!-exclamó avergonzado Mogels nada mas verme, revoloteando en frente de mí pero con la cabeza gacha.
-Bah, tampoco es para tanto, no pasa nada.-Era cierto que habíamos quedado a las cuatro y media, pero gracias a su retraso había podido terminarme el comic, así que no estaba molesto para nada.-¡Venga, vamos a jugar!
-¡Kupopó, sí!-gritó más animado el moguri, al ver que le perdonaba su ausencia. Esos cambios de humor eran bastante propios de él.

Pero antes de que hubiéramos podido dar más de dos pasos, mi tía nos detuvo, con un alto. Nos dimos la vuelta y nos fijamos en ella, impacientes por saber qué quería de nosotros, para poder irnos cuanto antes.

-¿Así que salís a jugar? Muy bien, pero os quiero por aquí antes de que se ponga el Sol ¿entendido, jovencitos?-asentimos rápidamente con nuestras cabezas, e íbamos a decir adiós, cuando la tía Lilia volvió a abrir la boca, y dijo aquellas palabras que tanto horror y tanta rabia me causaban. -Y ya que estamos, llevaros a Rossa a jugar con vosotros.
-¡No! ¡La renacuaja no!-protesté inmediatamente, no podía permitir que mi tía nos estropeara la tarde vigilando a esa enana.
-¡No, no quiero!-protestó también la renacuaja. -¡Yo quiero seguir con mis dibus!-y le enseñó a la tía el dibujo de ¿un molbol con bigotes y sombrero de mariachi? Nunca entendí el arte de mi hermana.
-Llevas ya horas ahí sentada, Rossa. Conviene que te dé el aire. Así que venga, a pasarlo bien todos juntos.-y puso una mirada como diciendo “Vamos, atreveos a decir que no, anda”. Me tragué la rabia y la frustración y salí de casa con un lacónico hasta luego, acompañado de Mogels y *sigh* la renacuaja.

No nos fuimos muy lejos de casa. Mas bien, a un descampado que hay dando la vuelta a la manzana. A los tíos no les gusta que nos vayamos más lejos, y les comprendo. Es muy fácil perderse por Lindblum, y más en el barrio comercial, que es donde residíamos. Caminaba con paso firme, seguido por el revoloteante Mogels, dejando a Rossa varios metros de distancia. Y justo al llegar, tuve una idea.

-Oye ¿qué tal si jugamos al escondite?-dije mientras me volvía a ambos, cruzándome de brazos adoptando la pose de líder del grupo.
-¿Escondite, kupo? Nunca antes hemos jugado al escondite.-respondió Mogels sorprendido ante mi idea.
-Es que jugar al escondite con sólo una persona más es bastante pobre. Pero siendo dos, la cosa cambia ¡Vamos a probarlo!
-Vale, Kupopó.
-Como sea.-respondió Rossa de una manera pasota, como si el tema no fuera con ella.
-Decidido entonces. Y como aprendiz de caballero paladín, no se me puede pedir otra cosa que ser yo quien la ligue primero. Voy a contar hasta cien en ese árbol solitario de allá, y en cuanto termine ¡empezará la caza!

Acto seguido, me volví hacia el árbol que previamente había señalado, y sin esperar a nadie ni a nada, empecé a contar hasta cien bien en alto y despacio. No levanté la mirada ni aceleré la cuenta en ningún momento ¡Un héroe nunca hace trampas!

-¡Y CIEN! ¡Estéis listos o no, allá voy! No digáis luego que no os he dado tiempo de sobra.-respondí en voz alta, para echar un vistazo a mi alrededor. Al no ver nada, me adelanté varios metros hacia el descampado, para soltar una carcajada y volver enseguida al árbol y golpearlo con la mano.-¡Mogels detrás del matorral! ¡Ven acá!

El moguri dio un respingo de donde estaba escondido y acudió a mi volando. El gesto de sorpresa todavía estaba en su rostro cuando llegó a colocarse enfrente mismo de mi cara.

-¿Cómo me has descubierto tan rápido, kupo? ¡Es increíble, kupopó!

De entrada no respondí, sino que me limité a señalar el pompón de la cabeza del moguri con una sonrisa, dejando que dedujera él el resto avergonzado. Luego le di la espalda y comencé a alejarme del claro caminando, hasta que me di cuenta de el moguri se quedaba quieto en el sitio, por lo que volví a darme la cuenta.

-Venga, ya me he cansado del escondite ¿Jugamos al Triple Triad? Me he traído mi baraja.
-¡Kupopó! Pero si el juego no ha terminado, kupo ¿Y qué pasa con Rossa?-preguntó el ingenuo moguri, y antes de hablar, ya estaba respondiendo yo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Hay que ver lo buena que es la renacuaja cuando se esconde. Me he tirado toooooooda la tarde buscándola y no la he encontrado. Hay que felicitarla, me ha ganado completamente.
-¿Buscarla toda la tarde, kupo? ¿Pero no acabas de decir que vamos a jugar a las cartas?-preguntó el moguri dubitativo, hasta que de repente su pompón de la cabeza se puso completamente vertical y sus ojos completamente abiertos, señal de que por fin se había dado cuenta del plan.-Por eso la idea de jugar al escondite, kupo ¡No querías jugar con Rossa, sólo librarte de ella, kupopó!
-Ella tampoco quería jugar con nosotros, la estamos haciendo un favor.-solté a modo de excusa, mientras llegaba a un banco de piedra y me sentaba dejando sitio para el moguri y para las cartas entre los dos.-Al Triple Triad sólo pueden jugar dos personas, de haberse quedado con nosotros se aburriría. Y así, al menos siente que ha ganado un juego ¿No es mala idea, verdad?
-No me convence, kupo. Y creo que a ti tampoco. Me parece que lo que ha hecho está mal con ella, kupopó.-respondió secamente el moguri. Me gustaba la sinceridad que mostraba en ocasiones como esa.
-¿Y si te digo que hay otra razón por la que lo he hecho? Pero no me preguntes cual aun, seria arruinar la sorpresa.

Mogels calló al fin y empezamos a jugar sin mucha más dilación a las cartas, sin volver a mencionar a Rossa. Lo cierto es que las contiendas eran bastante igualadas. Mogels tenía un mazo muy bien formado, con cartas de valores bien altos. Pero aunque mi mazo era peor en valor comparativamente, llevaba tiempo ya con el mismo y estaba acostumbrado a hacer combos de Suma e Igual con cierta facilidad, para desgracia de mi alado oponente.

-¡¿Suma otra vez, kupo?!
-Suma otra vez. Y con esto, estas tres cartas se pasan a mi bando.
-No tan rápido, kupopó ¡Adelante, Elvior! Ahora tres cartas son mías.
-¿Un Elvior? ¡¿Tienes una carta de Elvior?! ¿De dónde la has sacado?
-No lo sé, kupopó. Creo que de Yahara. Mi padre me la trajo al volver de uno de sus envíos por la zona.
-¿Yahara? ¿No es ahí donde viven los Garif? ¿Ellos juegan a Triple Triad? ¡Increible!
-Realmente no lo sé, kupo. Mi padre me trajo las cartas de ahí, pero no me dijo más, kupopó. No sé si eran de los Garif o de algún aventurero que las perdió o…
-¡¡ASÍ QUE ESTABAIS AHÍ TODO EL RATO!!
-Se acabó la paz…

Y ahora que iba a sacar mi jugada maestra y ganar. Pero no, ahí estaba la renacuaja, lanzando miradas de odio de una intensidad como una niña despechada de siete años podía lanzar. Por un momento, logró hasta intimidarme un segundo. Pero sólo un segundo. Enseguida le hice un hueco para que se sentara conmigo.

-Te estábamos esperando, Rossa ¡Enhorabuena, has ganado! Te busqué por todas partes y no te encontré hasta ahora, así que no me quedó más remedio que rendirme ¡Felicidades, campeona!-traté de sonar lo más natural posible…
-¿Crees que soy tan tonta, Rhoe?-respondió sin dejar de mantener los ojos con esa misma intensidad homicida, tan propia de una niña de su edad.
-Bueno, no es que seas tonta. Es que soy un genio, y por comparación todos los demás pues… sí, sois tontos. Pero oye, no eres más tonta que la media, así que no tienes que sentirte mal por ello.-Viendo que mi respuesta, lejos de calmarla, hacía ya que empezara a soltar saliva por la boca (literalmente), decidí cambiar de tercio rápidamente.-Mira, te compensaré por esto, ¿vale? Te lo prometo. Antes de que se acabe la tarde, te haré un regalo.

Rossa no respondió. Pero su mirada cortante y gélida dejaba clara una cosa. Mas me valía por mi bien no estar mintiendo. Volví a prometerle que iba en serio y que le iba a hacer un regalo a la tarde. Al final, aun con el ceño fruncido, decidió aceptar y sentarse a mi lado. Estaba serio por fuera, pero por dentro sonreía. Todo iba según lo planeado ¡Si es que soy un genio!

A pesar de la presencia de la renacuaja, lo cierto es que las demás partidas no se hicieron pesadas. Sí, hubo que explicarle a la niña como se jugaba, pero para mi sorpresa, Rossa no tuvo problemas para familiarizarse incluso con las normas más complejas. Y de hecho, logró vencernos una vez. Vale, me dejé ganar, pero lo cierto es que puso en algún aprieto a Mogels alguna que otra vez. Nada mal para una novata.

-Oye, kupo ¿has pensado qué quieres ser de mayor?-preguntó Mogels de golpe, mientras jugábamos Rossa y él contra mí en esa ocasión.
-Lo preguntas por la redacción que nos han mandado en el cole, ¿no?-pregunté mientras colocaba una carta entre medias de dos, convirtiendo ambas a mi lado.
-Sí, kupopó. Nunca antes me había hecho esa pregunta… y no sé cómo responderla, kupo.-confesó algo atemorizado el moguri, como si la pregunta le estuviera comiendo realmente por dentro.
-Bueno, ¿no trabaja tu padre para MoguRed? No es un mal trabajo. Trae cosas muy chulas de cuando va de viaje por Gaia.-dije en tono animado, pero en vez de hacer sentir al moguri, parecía que le hacía sentir peor.
-Mi papá trabaja para MoguRed, kupo. Mi abuelo también, kupo. Y su padre también lo hizo, kupopó. Mi papá quiere que siga sus pasos, kupo.-comentó el moguri con la cabeza gacha y la voz baja.-Pero por culpa de ese trabajo, casi nunca le veo, kupo. Siempre está fuera, kupopó. Si no fuera por mamá, estaría solo. No quiero un trabajo que me obligue a dejar fuera a mi familia mucho tiempo, kupo.

Lo reconozco, las palabras del moguri me conmovieron. Y también a Rossa, la cual no es fácil de conmover. Ella abrazó a Mogels delicadamente, mientras yo dejaba de lado las cartas un momento y acariciaba también el pompón de su cabeza.

-Sabemos lo que es eso. Mamá casi nunca está tampoco, y papá… descanse en paz.-comenté en un tono apaciguador, aunque yo mismo me sentía mal.-Eso no significan que no nos quieran.
-Ya lo sé, pero sigue estando mal, kupo. Por eso no quiero trabajar ahí, kupo ¿pero dónde podría trabajar si no?-preguntó cuasi suplicante el moguri, manteniendo el tono deprimido, como dando a entender que era un inútil y que no servía para nada.
-En cualquier cosa, ya ves tú.-respondió directamente Rossa sin contemplaciones.
-Puedes hacer lo que te propongas, Mogels. Palabra de héroe. Y los héroes nunca se equivocan, lo sabe todo el mundo.-respondí golpeándome en el pecho con toda confianza.

El moguri levantó la cabeza y sonrió, lo cual logró animarme a mí también. Pero era evidente que seguía teniendo dudas. Sin embargo, poco podíamos hacer más para ayudarle. Esa pregunta la tiene que contestar uno mismo.

-Y bueno ¿qué vas a responder tú en la redacción, kupo?-preguntó nuevamente el moguri con curiosidad.
-Me alegra que me hagas esa pregunta, Mogels. La respuesta es simple, pero muy importante. Escucha atentamente, porque no lo repetiré. Mi futuro, mi destino, aquello que voy a ser es…
-…ser un héroe. Lo sé, no paras de repetirlo.-me interrumpió Rossa justo cuando llegábamos a la mejor parte.
-Sí, eso es verdad, kupo. Pero no creo que héroe sirva como profesión, kupo.-contestó Mogels inclinando dubitativamente la cabeza.
-Voy a ser un paladín, como mi papá. Seré una auténtica leyenda de la justicia. Acabaré con todos los malos y devolveré todos los monstruos al Árbol Lifa, ya lo veréis.-respondí con total y absoluta confianza en mí mismo. Y también con mucha inocencia, para qué nos vamos a engañar ¡Tenía sólo 10 años!
-Menuda tontería.-respondió Rossa con un suspiro, mientras volvía al juego y colocaba una carta que daba la vuelta a otra mía, pillándome de sorpresa.
-Yo creo en Rhoe, kupo. Él también puede hacer lo que se proponga, kupopó.-respondió Mogels, respondiendo a Rossa algo molesto por no tomar en serio mis sueños.
-Tranquilo, Mogels. Pronto demostraré a mi hermanita lo equivocada que está y no le quedará otra que pedir perdón por haber dudado del héroe.-respondí mientras volvía a coger las cartas y trataba de pensar en una estrategia con la que compensar el ataque recibido.
-Demuéstralo ahora.-me desafió Rossa a la cara.-¿Por qué tengo que esperar?
-Tranquila, antes de lo que imaginas te daré una prueba de lo que un verdadero héroe es capaz de hacer.-respondí con una macabra sonrisa complaciente mientras me decidía a colocar otra carta mas en el tablero improvisado de juego.
-Esperaré impaciente. Hasta entonces, ganamos nosotros dos.-y colocó una última carta. Carta que hizo Suma y combo y logró convertir delante de mis ojos todas las cartas a su favor. Me había aplastado, y esta vez sin dejarme ganar. Me había dejado con la boca abierta. Y a Mogels también, que no se lo esperaba.

La renacuaja siempre había sido lista, pero debía de reconocer que eso había superado mis expectativas. Sin lugar a dudas, ella era toda una genialidad ¿Pero qué se podía esperar de quien lleva la sangre del héroe en sus venas? Tras esa partida, decidimos que era la hora de volver a casa. Estaba empezando a oscurecer. Había invitado a Mogels a cenar a casa, por lo que no había que preocuparse de que se fuera pronto, ya mi tía le acompañaría por la noche para garantizar su seguridad.

Mientras volvía a casa, no podía apenas contener mi emoción. Intuía lo que me esperaba, pero aun así disimulaba todo lo que podía. Cuando entramos a casa, saludamos a la tía Lilia. La tía me pidió entonces que la ayudase a colocar algunos objetos de su tienda, algo que hice con tremenda premura, pues no quería perder tiempo. Eso supuso que casi se me cayeron al suelo varios tarros con polvos y pomadas, pero por intervención de los Fal`Cie que nada se rompió. Me obligué a relajarme y cuando acabé, me dirigí corriendo a mi habitación, en compañía de Mogels.

-¿Pasa algo, kupo? Te noto muy animado, kupopó.-comentó el moguri revoloteando justo detrás de mí. No respondí todavía, sino que seguí subiendo las escaleras que llegaban a la puerta cerrada de mi cuarto. Miré al suelo y vi un trozo de papel pequeñito en el mismo.
-Mogels… ¿Has entrado hoy en algún momento en mi habitación?-pregunté alegremente mientras recogía el trocito de papel y lo guardaba en mi bolsillo.
-No.
-Perfecto.-respondí con una amplia sonrisa. Abrí la puerta y entré.

Dentro todo estaba en orden. Bueno, orden es una palabra, ya que en realidad debía reconocer que ordenar mi propio cuarto no era algo que soliera hacer a menudo ¿en qué historias de héroes se menciona que los míos debían ser ordenados con sus propias pertenencias? Pero vamos, que en principio, todo parecía igual a como lo había dejado. Me acerqué a mi escritorio, lleno de papeles y juguetes por encima. Vi mis cajones, cerrados y con un trocito de papel pegado fuertemente en el lateral de los mismos. Vi mi cama a medio hacer, con sus sábanas arrugadas y mi ropa de pijama encima. Vi mi taburete, y me fijé que había un trozo de hilo diminuto atado a una de las patas, y estaba cortado por la mitad. Por último, me dirigí hacia la estantería, y poniéndome de puntillas para ver el fondo, contemplé toda mi colección de tebeos y novelas… y vi que faltaba uno de mis tebeos del Detective Nanco. De hecho, el mismo que estaba leyendo antes de que llegara Mogels. Lo sabía. Lo esperaba. Y por eso sonreía tanto.

-Mogels ¿te importaría llamar un momento a mi hermana, por favor?-pregunte amablemente, sin poder ocultar del todo mi excitación.

El moguri no parecía entender el por qué de mi petición, ni por qué mantenía esa sonrisa tan amplia (la misma sonrisa de un niño que espera ansioso su regalo el día de su cumpleaños). Pero aun así, hizo lo que me pidió, y en poco tiempo volvió con una Rossa algo malhumorada por el hecho de tener que perder el tiempo viniendo a mi cuarto.

-Más vale que sea importante, Rhoe.-dijo Rossa directamente en cuanto asomó por la puerta.
-Oh, lo es. Lo es.-respondí con los brazos cruzados aparentando normalidad.-Verás, ha pasado algo que me inquieta bastante. Mi último comic del Detective Nanco ha desaparecido ¿Tú no sabrás donde estará, verdad Rossa?
-¿Por qué iba a saberlo?-respondió la renacuaja encogiéndose de hombros. -Es tu habitación, yo nunca entro en ella. Lo más probable es que lo hayas perdido entre tus cosas. Tu cuarto está hecho un desastre. Estas cosas no pasarían si lo tuvieras todo como los Fal’Cie mandan.
-No lo creo, Rossa. Verás, recuerdo muy bien haber dejado el tebeo en mi estantería antes de bajar a jugar esta misma tarde. Pero eso no es lo importante.-y dejé de cruzarme los brazos para señalar con una mano la puerta por la que Rossa acababa de entrar.-Lo importante es que acabas de decir que tú no entras nunca en mi habitación. Sin embargo alguien entró hoy mientras estaba fuera… y puedo probarlo.-saqué de mi bolsillo el papelito que había encontrado en el suelo cuando llegué con Mogels y se lo mostré a Rossa.-Este papelito estaba pillado en la puerta de mi habitación cuando me fui ¿Dónde lo encontramos al volver, Mogels?
-En el suelo, kupo.-respondió el moguri, seguramente mientras estaba pensando a dónde quería llegar y qué diantres pretendía con todo eso.
-En el suelo, efectivamente ¿Y cómo es eso posible si lo dejé bien colocado en el dorso de la puerta? Solo hay una explicación posible ¡Alguien entró en mi habitación! ¡Y al abrir la puerta para entrar, el papel cayó al suelo!-no gritaba enfadado, sino mas bien animado por la brillantez de tal deducción. Vale, realmente era insignificante, pero era sólo el comienzo.-Y si al hecho de que alguien ha entrado en mi habitación le sumamos la desaparición de mi tebeo, es muy posible inferir que ¡la persona que entró mientras estaba fuera fue la que se ha llevado mi tebeo!

Rossa mantuvo la calma, mirándome con sus ojos dorados con total indiferencia. Yo sospechaba que ella había sido la ladrona, y ella sabía que yo sospechaba de ella. Al fin y al cabo, ella me había pedido muchas veces en el pasado el tebeo en cuestión y tampoco era el primer tebeo que me desaparecía. Pero aun así, daba la impresión de que lo tenía todo bajo control. Sin embargo, hoy estaba preparado.

-Cualquiera pudo entrar, sí. Quién sabe quien fue. A lo mejor fue Mogels. No puedes probar quien fue la persona que entró por la puerta.-respondió Rossa sin vacilar. Yo suspiré, pues inducir sospecha sobre Mogels era un golpe muy bajo.
-Cierto. Con sólo el papel en el suelo puedo demostrar que alguien entró, pero no puedo demostrar quién entró, y por tanto, quien se llevó mi tebeo.-reconocí seriamente bajando la cabeza. Pero luego volví a sonreír mientras la levantaba de nuevo.-Por fortuna, no es la única prueba que tengo.

Rossa frunció levemente el entrecejo mientras Mogels seguía observando el espectáculo con la boca abierta. Mientras yo me acercaba al taburete que había justo al lado de mi cama. Levanté el taburete y enseñe a ambos el trozo de hilo cortado atado a una de las patas.

-Veréis, este taburete estaba unido a mi cama por un fino trozo de hilo. Así lo dejé cuando me fui. Pero al volver, el hilo aparecía cortado ¿por qué?-pregunté de manera retórica mientras volvía a dejar el taburete en su sitio.-El hilo es frágil, lo hice a propósito. Se rompe enseguida. Pero sólo si alguien imprime aunque sea un mínimo de fuerza. En definitiva, el hilo se rompió porque alguien movió el taburete. Sin embargo, cuando volvimos a la habitación Mogels y yo, el taburete estaba en su sitio. Sólo existe una explicación racional: Alguien movió el taburete y lo volvió a colocar en su lugar. Sólo por la existencia de este hilo roto, este nivel de razonamiento es posible para el héroe Rhoe Crebalt ¿qué os parece, mi querido público?
-Me parece que lees DEMASIADOS tebeos del Detective Nanco, kupopó.-respondió con sinceridad Mogels.
-Puede ser, mi querido amigo.-respondí tranquilamente al moguri, sin dejar de mirar a Rossa a la cara.-Pero sigamos con mi genial deducción ¿por qué alguien movería el taburete? Sólo se me ocurriría que fue para alcanzar algún lugar que no pudiera alcanzar, como… eh… no sé… ¡ah sí! ¡La estantería!
-Bueno, sí…, puedo darte la razón a eso, Rhoe. Pero volvemos a lo mismo, eso pudo hacerlo cualquiera, incluso Mog… ¡No!-exclamó Rossa, abriendo los ojos al darse cuenta de su error fatal.
-¡Exacto! Si Mogels quisiera llegar a la estantería, no necesitaría el taburete. Al fin y al cabo ¡Tiene alas! Puede usarlas para llegar a la estantería sin necesidad de usar ningún mueble como el taburete.
-¡Es cierto, kupo! Si quisiera llegar hasta allí arriba, simplemente volaría, kupo.-asintió dándome la razón el moguri, aun sin comprender de que iba todo esto.
-Exacto. La persona que movió el taburete debía ser alguien lo suficientemente baja como para verse obligada a tener que subirse encima para llegar a la estantería, y que careciera de otros medios para hacerlo. Y sólo se me ocurre una persona que cumple con esas características ¡Tú, renacuaja!-respondí mientras la apuntaba directamente a la cara con mi dedo índice de mi brazo derecho completamente extendido en su dirección.-¡Tú entraste en mi habitación, cogiste el taburete, te subiste a él, cogiste mi tebeo, te bajaste del taburete, lo volviste a dejar en su sitio y te fuiste! ¡Tú eres la ladrona!
-Apuntar a alguien con el dedo es de mala educación.-fue la respuesta que me dio Rossa, totalmente calmada otra vez, a pesar de la seria acusación que había vertido sobre ella.
-Salvo cuando estás haciendo una deducción genial como la mía, que entonces es BADASS.-respondí con una amplia sonrisa para luego volver a ponerme serio con los brazos cruzados. Vale, sí, había dicho un taco, pero el momento lo merecía.-¡Confiesa tu crimen! ¡Admite que lo hiciste!
-Muy bien. Lo confieso. Yo lo hice.-dijo Rossa sin perder la compostura y con total naturalidad. Eso lejos de hacerme sentir mejor, me preocupaba ¿por qué seguía manteniendo ese aura de superioridad mientras confesaba?-Confieso que entré aquí, con la intención de llevarme el tebeo. Confieso también que moví el taburete para llegar a la estantería…
-Y robaste el tebeo.-me adelanté a sus palabras.
-Pero no robé el tebeo.-me rectificó Rossa y una pequeña sonrisa se asomó por sus labios.-Porque no estaba ahí.
-¿Cómo que no estaba ahí?-pregunté intrigado y sorprendido al mismo tiempo.
-Que no estaba. Lo busqué por toda la habitación, no sólo la estantería. Pero no lo encontré por ninguna parte. Así que, temiendo ser descubierta, dejé el taburete en su sitio y salí de la habitación para reunirme con vosotros.
-¿Estás diciendo que desapareció sin más, kupo?-preguntó el moguri extrañado.-¡Eso es imposible, kupo!
-Claro que es imposible. Pero existe otra explicación, totalmente racional, y es que alguien haya entrado antes que yo en la habitación y robase el tebeo. Por ejemplo, tú Mogels. Durante el tiempo en que Rhoe contaba hasta cien durante el juego del escondite, pudiste volar a toda velocidad hasta aquí, robar el tebeo, esconderlo en alguna parte fuera de la habitación y volver cerca de Rhoe. Luego vine yo, también con ese motivo, pero por desgracia, ya te me habías adelantado.-La sonrisa de Rossa se amplió mucho más, formando un semblante maquiavélico casi aterrador.
-¿Esperas que realmente crea que Mogels es el ladrón?-respondí con claro escepticismo en mi voz.
-¡Claro que no lo hice, kupo! ¡Rossa ya ha admitido que se coló en tu habitación! ¡Ella es la ladrona, kupopó!-respondió Mogels enfadado por la abrupta acusación.
-¿Acaso puedes probar tu inocencia, Mogels? ¿O probar mi culpabilidad? Has podido demostrar que entré en tu habitación, Rhoe. Pero es imposible que demuestres que me llevé el tebeo. No puedes ganar.-respondió Rossa con frialdad, manteniendo algo de la sonrisa enfermiza que había mostrado hace unos momentos cuando hacía su deducción.

Si, se trataba de un juego entre ambos. De un juego de lógica, un juego de detectives. A ambos nos gustaban los comics del Detective Nanco y jugábamos precisamente a eso mismo. Un combate de lógica y razonamiento. Y lo aterrador, lo verdaderamente aterrador de todo aquello, era lo increíblemente bien que sabía jugar Rossa a ese juego a pesar de tener sólo 7 años. Sólo 7 años y era capaz de hacer razonamientos tan buenos como aquellos para salir del aprieto. Eso no era normal, nada normal. La mente de mi hermana era la de una auténtica privilegiada. Cualquier chaval normal de diez años acabaría derrotado enseguida en este juego.

Pero yo tampoco soy normal. Soy un genio. E iba a demostrarlo.

-¡No tiene sentido! ¡No tiene ningún sentido!-dije mientras ponía mis manos en los bolsillos y miraba al techo con aire distante.

Rossa inmediatamente frunció el entrecejo, todavía más fuerte que antes, mientras que Mogels contuvo la respiración. Ambos sabían lo que significaba esa frase. Era (y sigue siendo)  MI frase. Era mi forma de decir que había llegado el momento de ponerme serio de verdad. Tras una pequeña pausa dramática, volví mis ojos a Rossa.

-Antes dijiste que rebuscaste por toda mi habitación con el fin de encontrar el tebeo ¿es cierto?-pregunté a la renacuaja directamente, con un tono de voz serio.
-Cierto. Primero fui a la estantería, porque es donde normalmente dejas tus tebeos. Pero al no encontrarlo ahí, rebusqué por el resto, sin éxito.-respondió mi hermana sin titubear ni ninguna vacilación en la voz. -Deberías ordenar tu habitación. Está hecha un auténtico desastre.
-Es cierto que está desordenada, pero ese no es el problema ahora mismo.-respondí mientras caminaba en dirección al escritorio de mi cuarto.-El problema es que lo que dices es imposible. Señores, les presento la tercera prueba para este caso ¡Los cajones de mi escritorio!

Mogels y Rossa se acercaron ambos a mi escritorio. Rápidamente les señalé el trocito de papel que había incrustado al lado de cada abertura.

-¡Más sellos, kupopó!-exclamó sorprendido el moguri. -Pero este sello no está en el suelo.
-Efectivamente, sigue en el cajón, que es como lo dejé cuando abandoné mi habitación.-respondí aclarándole la situación al moguri.
-Eso lo único que demuestra es que nadie abrió ninguno de los cajones del escritorio ¿Qué tiene que ver con…? ¡Oh no! ¡Maldito seas!-exclamó con rabia al darse cuenta de mi jugada.
-Decir maldiciones está mal, Rossa ¿Quieres que la tía te lave la boca con jabón?-respondí con claros aires de superioridad.-Efectivamente, nadie abrió los cajones de mi escritorio ¿Pero cómo es eso posible? ¿Acaso no nos has dicho que buscaste por toda la habitación en busca del tebeo? ¿Y el escritorio no está dentro de mi habitación? Entonces, debiste haber buscado también dentro de los cajones para ver si estaba dentro de alguno de ellos el tebeo ¡Pero no lo hiciste! ¿y por qué no? Ya llegaste lo suficientemente lejos entrando en mi habitación y utilizando el taburete para llegar a la estantería ¿por qué no abrir los cajones? ¡La respuesta es sencilla! ¡No te hizo falta abrir los cajones! ¡Y eso era porque el tebeo estaba en la estantería! ¡Lo cogiste tú y te fuiste sin tocar nada más salvo el taburete, porque no era necesario hacer nada más! ¡Ya tenías lo que querías! ¡Es la única explicación lógica! ¡Tú y sólo tú eres la culpable!-y volví a señalarla en la cabeza con mi dedo en esa posición genial propia de detectives.
-¿Esa es tu prueba? Por favor, eso tiene una fácil respuesta.-comentó Rossa sin inquietarse, apartando mi dedo de su cara con un simple gesto de manos.-El papel incrustado se ve enseguida. Cualquiera puede deducir que está puesto para comprobar si alguien ha abierto el cajón. Cuando abrí los cajones, el papel cayó, pero sólo tuve que recogerlo y ponerlo en el mismo lugar en que estaba colocado antes de que cayera al suelo. Obviamente lo hice para que no supieras que había entrado en tu habitación.
-¿Y los otros sellos, kupo? ¿Por qué no hiciste lo mismo con la puerta o el taburete?-preguntó Mogels intrigado, aunque a estas alturas lo que hacía más que nada era disfrutar del espectáculo que mi hermana y yo le ofrecíamos.
-Porque no los vi, así de simple. Si no, habría tenido el mismo cuidado. Hubiera colocado el sello de la puerta en la habitación y habría cuidado de no romper el hilo del taburete.-respondió con sencillez, como si estuviera respondiendo un problema de matemáticas.

Impresionante. Cada vez que aparecía un agujero en su historia, ella lo tapaba rápidamente. Su velocidad mental era asombrosa. Su futuro era brillante. No podía más que asombrarme ante su capacidad intelectual. Pero ya era suficiente.

-Perfecto. Gracias, Rossa. Ahora sí, he ganado.-respondí triunfante con una sonrisa enorme en el rotros. Ni que decir tiene que Rossa me miró con el cejo ya muy muy muy fruncido.-Permíteme demostrártelo.-Y acto seguido, abrí ambos cajones del escritorio. El papel, lejos de caerse al suelo, se quedó pegado al cajón mismo.
-¡No se cae al suelo, kupo!-exclamó el moguri estupefacto.
-Exacto. Un extremo está pegado con cola, de tal forma que, aunque se abriera, el papel quedaría pegado al escritorio sin caerse.-expliqué con naturalidad, para luego volverme a Rossa.-Pero vas tú y dices que se cayó al suelo y lo volviste a poner en su sitio ¿cómo es eso posible, Rossa?

Rossa, por una vez, se había quedado sin palabras. Su vista estaba perdida en el trozo de papel que se sujetaba al escritorio sin apoyo alguno. Pasaron un par de segundos hasta que volvió su mirada hacia mí.

-¿Por qué? ¿Por qué ibas a pegar el sello con cola? ¡Entonces no sirve como sello! ¡No puedes demostrar si alguien abrió o no el cajón! ¡Porque en ambos casos el sello permanece intacto!-respondió Rossa frustrada.
-Estoy de acuerdo contigo. El sello es en realidad un farol. Y tú has caído en él. Intuía que utilizarías cualquier resquicio para tratar de demostrar tu inocencia, así que preparé todas estas trampas. Y has caído en todas. Mentiste en buscar en el cajón, y por tanto, mentiste cuando dijiste que no te llevaste el tebeo. Y lo he probado.-respondí a Rossa para luego sonreír en su dirección de manera amable.-Has estado genial. Has luchado hasta el último momento y no podía estar más orgulloso de ti. Al fin y al cabo, tú también compartes la sangre de héroes.
-Iré a traerte el comic.-respondió Rossa, rindiéndose mientras me daba la espalda. El juego había terminado, y Rossa admitía su derrota. Pero antes de que pudiera dar un paso la frené cogiéndola del brazo.
-Quédatelo ¿No te acuerdas? Te debía un regalo por lo del juego del escondite. Además, necesitarás aprender mucho más del Detective Nanco si quieres ganarme alguna vez.-respondí mientras acariciaba su plateada cabellera de forma fraternal.
-La próxima vez te ganaré, Rhoe. Prepárate.-respondió Rossa con una sonrisa brillante en su rostro.
-No pienses que te lo pondré fácil, Rossa.-respondí, y la dejé marchar de una vez de mi habitación.

Mientras, yo me dirigí a mi cama y me tumbé exhausto sobre ella. Mogels se acercó revoloteando sobre mí.

-Entonces ¿Todo era un juego?-preguntó el moguri, todavía confuso por todos los acontecimientos.
-Sí, lo era.-respondí con franqueza.-Habíamos pactado que ella cometería un crimen de mentira y yo debía de resolverlo con pruebas. De hecho, lo de la broma del escondite es para darla tiempo a cometer ese crimen.-expliqué al moguri, mientras mi mente reflexionaba acerca de lo que había pasado.-Pero no sólo era un juego ¿sabes? No, se puede decir que era también un entrenamiento para ambos.
-¿Un entrenamiento, kupo?-preguntó el moguri sin entender muy bien a qué me refería.
-Sí. Mi tío me lo dijo. Un héroe que no usa la cabeza  muere antes de ser reconocido como tal. Por eso, no me basta con ser fuerte, no. Tengo que ser inteligente. Muy inteligente ¡Tengo que ser un genio! ¡Sólo así podré cumplir mi sueño! ¡Sólo así podré ser un héroe de verdad!  
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